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Contigo mismo

El maestro que no podía educar

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El maestro tiene algo de salmón. Va a contracorriente. El maestro –que hubiera preferido una escuela rural exenta de burocracia, pero con geranios en las ventanas- ha ejercido y ejerce en institutos... Y nunca ha creído en lo que él juzga falacia: que los padres educan, los profesores solo enseñan y la calle... Bueno, esa es otra... Ahora a esa calle se le han sumado las nuevas tecnologías que la mudan en universos donde aguarda todo lo bueno, pero, igualmente, acecha todo lo malo... Él, el maestro, sigue creyendo que los padres, efectivamente, educan; pero que los profesores no solo deben enseñar, sino también educar... Y la calle...

Dicen que el maestro anda últimamente un tanto desanimado... Y que cuando se siente así, sigue agarrándose a esa vieja creencia de que su trabajo ha de ser vocacional... Entonces, se repite que lo suyo sigue valiendo la pena, aunque padezca el cansancio de Quijano y de tantos otros... El maestro sabe que hay mucho en juego. Que el material con el que trabaja está hecho de futuros por forjar, de ejemplos por dar, de ilusiones por alimentar, de valores por reivindicar...

Puede que un jueves cualquiera (supongamos que fue el posterior al debate de investidura), en un aula donde, efectivamente, no hay geranio alguno, pero si convocatoria de nueva reunión yerma, tenga que comentarles a sus alumnos algún poema de Machado. Y al hacerlo constate que una de sus dos Españas probablemente sigue matando a algún españolito, ese a quien Dios ha de guardar... Puede que uno de esos españolitos sea uno de sus alumnos. O que lo sean todos. Por eso el maestro anda de esa guisa, arrastrando los pies, golpeado por siete reformas educativas; herido por el cainismo que no cesa; por la utopía descartada; por ese no saber entenderse eternizado...

El maestro no permite que ningún alumno se ausente de la clase, aunque lo hicieran, ayer, los diputados cuando el orador era, ya, de tercera regional. No consiente insultos, ni interrupciones, ni faltas de respeto entre compañeros, aunque, en la Carrera de San Jerónimo, los representantes electos hubieran vomitado, ayer, sí, desde la tribuna, su visceralidad y sectarismo... A la postre, él no enseña lo que es, sino lo que debería ser. Aunque el alumnado se quede con la primera parte de la copla. Él insistirá... Con la aterradora convicción de que lo que él predica se desmenuzará al instante por la fuerza arrebatadora de los malos ejemplos...

De ahí su cansancio y la menguada fuerza con la que arremete hoy contra molinos. Y cuando en un poema de Salinas surja la palabra amor, el adolescente entenderá sexo... En algunas cadenas se parlotea –y explicita- mucho de lo segundo, pero poco de lo primero. Algo parecido le ocurrirá cuando, mirando a través de la ventana en búsqueda de ese cielo machadiano impensable, hable de honestidad, trabajo, voluntad, perseverancia, bondad, perdón... Otro alumno le inquirirá entonces sobre si la honestidad es término en desuso, como el «acá» y el «allá» que sobreviven en los culebrones de los que se nutre... O si por trabajo ha de entenderse «braguetazo»... O si la voluntad y la perseverancia son esas cosas que tienen algunos solo cuando aguardan en los castings para programas en los que el ser humano ocupa tronos donde el amor entrecomillado se vende... O si la bondad y el perdón les hará parecer débiles...

Las palabras del maestro pululan por el aula; penetran en corazones que anhelan limpieza y acaban por conmover... Pero al cabo de horas se desmoronan ante la ignominia de unos diputados en el circo del Congreso; en los platós de televisión; en la sociedad que un día optó por expulsar de su seno incómodos valores éticos...

El maestro ya no puede educar. Porque no puede competir con la fuerza arrebatadora de la desvergüenza. Y, sin embargo, sigue intentándolo. Hasta que en esa ventana haya, sí, un geranio y, desde ella, pueda otearse, por fin, el cielo límpido en el que soñó Machado, en el que siguen soñando algunos salmones...

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