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Així mateix

De aquellos polvos, estos lodos

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Tenemos, como ya advertía el día 21-D de 2015, un Parlamento ingobernable y no tanto por la aritmética política sino por la incapacidad más que manifiesta de armonizar desde un solo objetivo común las diferentes formas de enfocar el trabajo político que el ciudadano encomienda a la fragmentada clase política. Con años de antelación dejé en las páginas de este periódico una advertencia a los políticos diciéndoles que la forma de ejercer la política que se traían, les llevaba irremisiblemente contra el despeñadero. Bueno, pues ya están en él. Ahora vienen los lamentos. De momento, no han sido capaces de formar un gobierno desde el mes de diciembre del año pasado y tengo dudas que lo consigan antes de que se cumpla en inexorable plazo que lleva en junio a una cita electoral. Y aquí no se puede culpar al ciudadano que acudió a la cita y votó. Mientras tanto, los problemas que nos aquejan no son menores. Cataluña sigue en su empeño con algo menos de la mitad de su población enfocando su futuro hacia la independencia. Una aventura de la que nadie con dos dedos de frente puede pronosticar los resultados. Muchos se creen, oyéndoles hablar, que al otro lado de la barda atan los perros con longanizas. Muchos se auto engañan con esa letanía interesada de que «España ens roba».

Como les decía ayer «nada hay que esté mal que no pueda estar peor». El líder abertzale Arnaldo Otegui, recién salido de la cárcel, no ha perdido ni un minuto para anunciar que hay que abrir «un segundo frente secesionista». Es decir, seguir a Cataluña en la ruptura con España. O sea, que éramos pocos y parió la abuela. Los secesionistas vascos no le han quitado ojo al secesionismo catalán esperando simplemente que los catalanes hicieran el gasto pero no por eso están dispuestos a ver ese resultado al final, y rápidamente están empezando a oírse las voces que piden ir codo con codo con Cataluña. A fin de cuentas hay gente de ambas autonomías que aspiran a lo mismo.

Con un gobierno en funciones, una familia política incapaz de entenderse, ni siquiera en esa banalidad de ponerse de acuerdo entre dos partidos en quién tiene que llamar primero al otro, como si fueran niños mal criados. Debería de darles vergüenza por esta falta de decoro hacia el ciudadano que quieren gobernar. Unas formaciones políticas nacidas al rebufo de la mala forma de hacer política de los partidos clásicos. Formaciones que han aflorado desde la Puerta del Sol directamente al Parlamento en un decir amén. Formaciones políticas formadas por políticos que no conocemos y que en puridad nadie sabe cómo van a enfocar, por ejemplo, los problemas secesionistas. Ni siquiera sabe nadie si están de paso, como UPyD de Rosa Díez, o han venido con vocación de quedarse. Si a eso se le podría llamar un problema, mala cosa es que no lo sepan o lo duden aquellos que lo han generado, PSOE y PP. Ellos solitos, con sus múltiples y reiteradas torpezas, demostrando que aunque llevan años trabajando la política, tienen el oficio mal aprendido. Que no se extrañen tampoco que ahora vengan tiempos en que habrá que saber capear un mar enarbolado de problemas, con alguna galerna, Dios no lo quiera, que hará crujir las cuadernas del maderamen político mientras algún mascarón de proa quizá caiga en la cuenta de que es más fácil predicar que dar trigo. Lo malo de estas cosas es que a veces, casi sin darnos cuenta, se puede llevar el barco a navegar por aguas turbulentas y encima sin considerar nunca que las consecuencias de las malas maneras de gobernar acaba pagándolas siempre la ciudadanía. Una ciudadanía que lleva tiempo preguntándose por qué un pésimo gobernante no está prohibido por la ley.

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