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¿Tiene caldereta sin langosta?

Perdón, por favor y gracias

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Hace unos años el escritor Fernando Sánchez Dragó hizo una entrevista a Antonio Escohotado en el programa sobre libros «Negro sobre blanco». En un momento de la conversación, el entrevistado comenzó a hablar de educación: «Un país no es rico porque tenga diamantes o petróleo. Un país es rico porque tiene educación. Educación es que, aunque puedas robar, no robas. Educación significa que tú vas pasando por la calle, la acera es estrecha y tú te bajas y dices disculpe. Educación es que, aunque vas a pagar la factura de una tienda o de un restaurante, dices gracias cuando te la traen, das propina. Y, cuando te devuelven lo último que te devuelvan, vuelves a decir gracias. Cuando un pueblo tiene eso, cuando un pueblo tiene educación, un pueblo es rico. En definitiva, la riqueza es conocimiento. Y, sobre todo, un conocimiento que le permite el respeto ilimitado por los demás. Si tú te metes en gran parte del mundo en un vagón de metro o autobús, apretado, es muy raro que cada uno de los que te va apretando, vaya diciendo –como sucedería en Suiza o hoy en día en España- perdone, disculpe, perdone. Donde no se produce eso, el pueblo es pobre».

¿Por qué se están perdiendo los buenos modales? ¿Se deben enseñar en las escuelas? ¿Qué papel tienen los padres? ¿Se puede hacer algo para revertir esta situación? En los últimos años, se habla con cierta frecuencia de un auge de los «malos modos». Aunque no existe ningún estudio concluyente, los expertos consideran que este fenómeno se debe a una confluencia de factores. En primer lugar, cada vez escuchamos menos porque las pantallas han sustituido a la conversación. Cuando se está absorto en el «mundo virtual», posiblemente no reparemos en que alguien nos está pidiendo ayuda para cruzar la calle o que existe una cola para entrar en un autobús. En segundo lugar, los medios de comunicación ensalzan a determinados personajes públicos cuya principal característica es la zafiedad. Cuando los jóvenes observan en la televisión que una persona mediocre, cutre, grosera está ganando más dinero que un honrado trabajador pueden llegar a la conclusión de que la «mala educación» sale rentable. Es posible que ese joven interiorice que insultar y gritar sea la forma normal de relacionarse con sus semejantes. En tercer lugar, los padres, en ocasiones, asumen un papel permisivo con la educación de los hijos por el miedo a ser tildado de autoritarios. De esta manera, los jóvenes se acostumbran a tener lo que quieren, vivir sin límites y creer que los demás están a su servicio. Los «niños emperadores» no solo destruyen su familia, sino que extienden su poder de sumisión al resto de ciudadanos. Todos estos factores confluyen en otro especialmente preocupante: la sociedad cada vez espera menos de los jóvenes. Se parte de la creencia –afortunadamente, equivocada- de que todos son unos maleducados y, en vez de intentar remediar esta situación, se adopta una actitud pasiva de mera tolerancia.

Decía el filósofo francés André Comte-Sponville que «la urbanidad es algo muy pequeño que antecede a algo grande». Aunque no se trate de una virtud equiparable a la justicia, la compasión o la generosidad, es la antesala de todas ellas. Gracias a las reglas de cortesía, podemos vivir en sociedad. Es el aceite invisible que lima las fricciones que se producen en el día a día. La urbanidad nos enseña a esperar nuestro turno en la cola de supermercado. A dejar la basura donde corresponde. Nos obliga a levantarnos en un autobús y ceder el asiento a una persona mayor. La urbanidad sirve para abrir la puerta y dejar pasar. Nos enseña a escuchar a otra persona cuando está hablando. A bajar el volumen de los altavoces cuando entramos en el metro. Significa «acertar» cuando vas al lavabo para que el siguiente se lo encuentre limpio. La urbanidad nos enseña a quitarnos la gorra cuando entramos en un sitio cubierto. A no utilizar el móvil cuando alguien se dirige a nosotros. La cortesía sirve para pedir «por favor». Para dar las gracias a la persona que te ha atendido. Para pedir «perdón» cuando nos equivocamos. Sin urbanidad, no hay futuro. No se puede construir una sociedad sin respeto a los demás. Ya lo decía la escritora estadounidense Emily Post: «Los modales son una conciencia sensible de los sentimientos de los demás. Si usted tiene esa conciencia, tiene buenos modales, no importa qué tenedor usar».

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