Síguenos F Y T I T R
Te diré cosa

Culpa nuestra

|

Hace tiempo que perdí el respeto a RTVE, El País y -para no aburrir con el listado- al resto de medios que cuelgan la opinión en la zona etiquetada como información (que son todos aquellos que arriman cebolleta a partidos políticos, de izquierdas o derechas, y que dependen de su visto bueno para el tema de la pasta). Me hace gracia comprobar cómo los que «cargan a derecha» dan por hecho que Sánchez perderá las próximas elecciones y no podrá formar gobierno. Basan su pronóstico en que ha traicionado sus promesas, ha confeccionado leyes cuestionables dedicadas específicamente al pago de deudas contraídas con sus chantajeadores, ha gastado un pastón en colocar en ministerios de nuevo cuño a tipos/as/es incompetentes y demasiado intensos en su fervor mesiánico, ha abandonado a su suerte a los saharauis, se ha peleado en un momento inoportuno con el suministrador de gas más cercano (coincidiendo estos dos ultimos desatinos con la violación de su teléfono móvil), ha sufrido en sus filas recientemente casos casposos de corrupción y algunas otras cosillas inconvenientes a su carisma de macho alfa guaperas (aunque feminista), angloparlante, solidario y resiliente.

Pero estos medios tan ingenuamente esperanzados no tienen en cuenta que a la mayoría    de los españoles se la sopla que les engañen. De hecho les gusta: Si son fans del PP, lo votarán, como lo han seguido haciendo, aunque afloren casos de corrupción hasta por las orejas de sus líderes más celebrados, aunque suban los impuestos después de prometer bajarlos, aunque sus militantes acaben abortando después de haber piado contra la despenalización etc etc.

Los adictos a Sánchez le seguirían votando aunque le descubrieran propietario de una mina de oro en Brasil (que no es el caso, supongo) o que supieran que una puerta giratoria le esperara (que no es -aún- el caso) para depositarle, como a muchos de sus colegas, en el feliz ecosistema de un consejo de administración energético, que es el entorno que más gustirrinín da (al parecer) a los exdirigentes y pesebristas VIPS del PP y del PSOE.

He oído en repetidas ocasiones a opinadores expresar su desconcierto al saber de un homosexual o un inmigrante no cualificado que voten a Vox, o alucinar de que un obrero vote al PP.    A mi también me parece extraño tal comportamiento, pero no negaré que estimula de igual forma mi perplejidad un trabajador votante de Podemos. Me explico. No estoy muy seguro de que haya algún elemento en la cúpula podemita que haya sido alguna vez un «trabajador»; más bien pienso que muchos de ellos han saltado del nido familiar al activismo político y de ahí directamente al puesto dirigente, sin especial preparación o mérito. Observo que esta élite levanta no menos de ochenta mil pavos (los hay de más de cien mil) al año, cifras que el trabajador más entusiasta no acumula en un lustro de esfuerzos. Noto que gran parte de su «trabajo» consiste en parlotear sin decir nada, en repetir consignas transmitidas en briefings de catequesis sobre cómo engatusar apropiadamente a «la gente».

Su código ético no incluye abandonar un gobierno que manda armas a Ucrania, cepilla la ley Montero, disminuye las penas a la malversación y protagoniza otras actuaciones contrarias al ideario podemita. Les pasa un poco como a Rufián, que se iba a ir en unos meses, pero que pensándolo mejor se queda, no vaya a ser que, bien mirado, la pasta gansa recibida a cambio de palabrería no sea cosa de despreciarla para que se la lleve cruda otro espabilado.

Pero sin duda lo que más me epata es el voto del autónomo, personaje al que los distintos gobiernos de signos opuestos se turnan en exprimir hasta hacerle sentir como la mula de noria que ve cómo su esfuerzo solitario sólo rinde a terceros, y que mientras su dosis de alfalfa mengua, los capataces del predio se lo pulen en putas y coca cuando no se entretienen enriqueciéndose con el amaño de contratas, el tráfico de influencias y entretenimientos por el estilo.

¿Podremos caer más bajo?

Cada vez lo veo más claro. La culpa de lo que nos pasa es nuestra: la llevamos adherida a la papeleta de voto.

Lo más visto