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A verlas venir

Entre la añoranza y la aflicción

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Tengo un amigo que llegó a la jubilación hace un par de años, con todos los honores. Nadie parecía desear aquel salto más que él y pocos han recibido más agasajos en la despedida. Sus jefes y subordinados le despidieron con afecto, después de reconocerle toda la valía y de asegurarle que su contribución durante varios lustros había sido sumamente eficiente; que le echarían mucho de menos y que esperaban su talentosa asistencia a distancia, ahora que se ausentaba. Ante tantas lisonjas, estaba seguro de que no le dejarían en paz y eso le procuraba una cierta satisfacción, porque confirmaría el papel relevante que había desempeñado y continuaría siendo útil a sus compañeros y a la empresa que había recibido sus desvelos y le había otorgado sus favores.

Han transcurrido más de veinticuatro meses desde entonces y nadie ha requerido sus servicios ni una sola vez, a pesar de que sus conocimientos y experiencia le proporcionaban una utilidad evidente: los halagos no se han materializado de ninguna manera. Ni siquiera una sola persona, de las que le despidieron cariñosamente, se ha puesto en contacto con él para interesarse por su situación, contarle los cambios ocurridos en su ausencia o los logros con los que han avanzado. O simplemente para intercambiar las banalidades que nos gusta comentar con las personas de nuestra confianza.

En verdad, mi amigo no necesita estas golosinas que nos proporcionan los amigos auténticos y también los colegas y camaradas, las que permiten dar continuidad a una relación y recibir esos trazos de humanidad que nos hacen sentirnos mejores y más acompañados. Aunque no manifieste desilusión, notarse desasistido le duele y le hace verse un poco más inútil de lo que venía percibiendo: querámoslo o no, ya advertía esa mirada aviesa de la sociedad a los que alcanzaron la edad del retiro, como si los que no están en nómina no tuvieran nada que aportar. Nadie lo reconoce, pero se practica con saña. La conmiseración escuece.

LA MAYORÍA DE LOS TRABAJADORES anhelan llegar al fin de su período laboral, porque eso significa entrar en la etapa de descanso. Pero, pasados los primeros días, el corte resulta más radical de lo que se imaginaban. Cesan ciertas obligaciones y uno puede aspirar a cambiarlas por otras más gratas: las que siempre quisiste hacer y no te las permitías, al no encontrar tiempo para tales menesteres. Pero es que además todo se complica: crecen las obligaciones familiares y los tiempos dedicados al cuidado de la salud; aumenta la frustración de quien advierte que los saberes anteriores, de los que tan orgulloso se sentía, parece que cayeron a un pozo, mientras que los nuevos se le escapan, de tan aprisa como avanzan; de forma paulatina, pero incesante, desaparecen multitud de personas del entorno, aunque no te superen en edad; las dolencias atisban el momento de atraparte, como han logrado anular o enganchar a otros; parece que uno mismo o los demás te van arrinconando, tal vez por acobardamiento propio o por alejamiento ajeno, en un proceso variable, porque es sufrido de muy distintas maneras. Algunos prefieren no enterarse, mientras se concentran en sobrevivir, pero eso no arregla las cosas.

Tal vez presentamos un panorama excesivamente patético, pero no creemos que se halle muy alejado de la realidad, por más que cada uno lo vive de manera distinta, objetiva y subjetivamente. Habrá que concluir que los lamentos de nuestro amigo, los que describíamos al principio, no merecen ser tomados demasiado en consideración para lo que llega después. Eso es lo que ocurrirá, querámoslo o no: mejor tomar precauciones psicológicas ante lo que se avecina, por si acaso.

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