Las fiestas navideñas se han convertido en unas fechas dedicadas única y exclusivamente al consumismo, demasiado comerciales y capaz de endeudar a muchas familias. Es cierto que la pandemia supuso una inflexión en las celebraciones, pero a partir de ahí el gasto se ha incrementado de forma paulatina, hasta el punto de que los créditos al consumo para afrontar los gastos de estos días han aumentado un 25 por ciento, una auténtica locura que nos aboca a una situación que nada tiene que ver con la Navidad ni con su significado y ni siquiera con su espíritu. Hay una sensación de falsa felicidad y de buenos deseos que finalizan el 7 de enero, cuando deberían durar siempre y acompañarnos toda la vida. Estamos inmersos en una vorágine de materialismo que nos aleja cada vez más de lo que tendrían que ser estas semanas y de lo que conmemoran, por lo que deberíamos hacer una seria reflexión y no dejarnos llevar por esta corriente que nos incita al derroche y, lo que es peor, sin medios para hacerlo. Esto no es, de ninguna manera, conmemorar el nacimiento de Jesucristo.
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