Esta semana la Reserva Federal estadounidense puso otro clavo en el ataúd de la economía más fuerte del planeta. Aún no lo ha apretado hasta el fondo, pero todo se andará. Mientras en Europa el Banco Central rebaja tipos de interés prácticamente en todas sus reuniones para ver si así insufla algo de oxígeno a la comatosa economía alemana, al otro lado del Atlántico las políticas de Donald Trump parecen tener desconcertadas a las autoridades monetarias y han decidido mantener el precio del dinero casi al doble que las europeas. De paso, en la misma rueda de prensa en la que Jerome Powell anunciaba esta decisión, confesaba que las previsiones de crecimiento del líder mundial se desinflan hasta el 1,7 por ciento desde el 2,5 que habían previsto anteriormente. China estableció hace unas semanas su horizonte de crecimiento anual en el cinco por ciento. Hace tiempo que la mayoría de analistas advierten los problemas de Estados Unidos para seguir el ritmo, la absoluta decadencia europea –enterrada en sus propios laberintos burocráticos e hiperregulatorios– y la fuerza emergente de naciones que hasta hace poco no suponían una amenaza para nadie. Sin embargo, nuestra ridícula visión occidentocentrista nos impide ampliar el campo de observación más allá de nuestras narices. Powell aludió a la «incertidumbre», palabra chistera de la que podemos sacar casi cualquier conejo. A ningún inversor le gusta la incertidumbre. Tampoco a los consumidores, a los obreros, a los empresarios. Los aterradores cantos de sirena que la cúpula de Bruselas entona desde que empezó el año, con mensajes incomprensibles sobre la amenaza fantasma de Putin sobre nuestras fronteras, no ayudan. ¿Es que desean la guerra?
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