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La ciénaga sanchista

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La progresiva degradación de la política española no proviene, obviamente, de una única causa. La división social es un cáncer para la democracia y la convivencia que habría que atajar desde el respeto a los principios constitucionales vigentes, que son, además, los propios de cualquier Estado de Derecho.

Pero, sin duda, uno de los factores que contribuyen en mayor medida a esta degradación ha sido el abandono por parte del PSOE de la centralidad para situarse junto con quienes viven precisamente del enfrentamiento y la crispación. El partido socialista ha sido, desde la Transición, un elemento clave de sostén del régimen democrático, actuando como referente para el electorado de izquierdas, pero siempre dentro de los márgenes del sistema.

Eso fue así hasta que Zapatero, en primer lugar, con su famoso «nos conviene que haya tensión» de 2008, y, mucho más claramente, Pedro Sánchez y su entorno hayan hecho saltar por los aires el esquema del bipartidismo imperfecto que ha sido clave en la estabilidad política de nuestro país.

Pero, curiosamente, la principal víctima de esta apuesta autocrática y personalista no ha sido, como parecería lógico pensar, la oposición -singularmente, el Partido Popular-, sino, bien al contrario, el PSOE. Es decir, el sanchismo ha alimentado el crecimiento de la derecha -que, si no estuviera dividida, ya gobernaría- a costa de cargarse su propio partido y convertirlo en un auténtico cenagal.

Tengo escrito hace ya mucho tiempo que el día que caiga Sánchez serán sus propios excamaradas quienes lo triturarán políticamente y quién sabe si también penalmente.

El madrileño hace demasiado tiempo que juega con fuego, que se cisca en los elementos fundacionales de la socialdemocracia y que incurre en comportamientos que ningún dirigente de su partido, desde Felipe González al desaparecido Alfredo Pérez-Rubalcaba, pasando por algunos de sus actuales barones territoriales, podría avalar. Sánchez no es más de izquierdas que ninguno de ellos, como pretende hacernos creer. La diferencia -no ya ideológica, sino puramente moral- que muestra con respecto a sus predecesores -con la lamentable excepción de ZP- es, precisamente, que carece del más mínimo referente ético. Los mensajes de whatsapp destapados estos días constituyen solo una pequeña muestra de la hipocresía, el matonismo y el desahogo de que hace gala nuestro presidente del Gobierno, dispuesto a sacrificar o a lacerar sin pudor alguno a cualquiera de sus fieles subalternos en el momento en que cree que ello le supone alguna ventaja personal. Que tome nota Francina Armengol, si aún piensa que a cobijo de su jefe está protegida de las consecuencias del «caso mascarillas», uno de los episodios de corrupción más sonrojantes de nuestra historia reciente. El día en que deje de servir a los personalísimos intereses del líder, será convenientemente depurada. No abrigo la más mínima duda al respecto.

El avance de las investigaciones por parte de la Justicia está arrinconando cada vez en mayor grado a Sánchez. El caso Begoña es ya, para el ciudadano informado, el caso Pedro. Todo a su alrededor es una pura escenificación a su mayor gloria. Sánchez cerrará en su día una época para olvidar. La cuestión es si el PSOE logrará sobrevivirle.

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