Ninguno de los analistas geopolíticos de este país se pone de acuerdo en si habrá guerra en Europa o cuándo, pero lo que todos confirman es que las pocas alegrías económicas que hemos disfrutado durante algunos lustros se están agotando. Pintan bastos para la economía europea y, aunque la incansable maquinaria propagandística de Pedro Sánchez y sus ministros y periodistas lameculos no se detiene, lo cierto es que España va mal. O muy mal. Prueba de ello es que durante el primer trimestre del año se ha disparado un veinte por ciento la contratación de créditos al consumo. Eso significa que cualquier gasto que se sale de lo corriente no puede afrontarse con el salario y debe recurrirse a un préstamo para ir pagándolo a plazos. Triste. Está a punto de terminar el plazo para presentar la declaración de la renta. Me temo que más de uno habrá tenido un disgusto y antes de que se quiera dar cuenta llegarán las temidas vacaciones escolares, cuando miles de familias con niños se ven estranguladas por el gasto extra de ‘colocar’ a los críos en algún sitio durante horas, semanas y meses para poder seguir yendo a trabajar. Pobres abuelos. Luego las vacaciones de los padres, la tesitura de si salir de viaje o no, alquilar un apartamento en la playa o quizá una semanita en un hotel. Ejem. La mayoría se echará este año para atrás al comprobar cómo se han puesto los precios. Si hasta salir a cenar en familia a una simple hamburguesería de comida basura se está convirtiendo en un lujo. Tirar de tarjeta de crédito o pedir un préstamo nunca es buena idea, pero quizá a algunos les parece la única salida para mantener un estilo de vida que no se parezca a la deprimente rueda del hámster. Mal síntoma.
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