Hay hojas de té de todos los colores, rojo, verde, negro, azul o blanco, llamado por los chinos el té del emperador, así que los problemas de elección ya empiezan antes de preparar el té. Las últimas olas de calor me produjeron una sed insaciable de exquisito té helado, una de las escasas maneras de soportar el tórrido verano mallorquín, muy parecido por cierto al de la provincia china de Sichuan, famosa por su té. Sé bastante de té, un brebaje de 4.700 años que ha generado casi más rituales, preceptos, poemas y ceremonias que la muerte o los apareamientos, pero como todo lo que sé es por la literatura (clásicos chinos y japoneses, casas de té, textos budistas), ese bastante es peor que nada, porque cuánto más sabes de su literatura más difícil es hacer buen té. Por suerte el profesor Bernat, un verdadero sabio del té que lo elabora y bebe a litros, me dio cuantas explicaciones eran menester, me facilitó los utensilios necesarios y hasta me obsequió un paquetito ritual de té negro Darjeeling, una región india de Bengala Occidental, pero que en realidad es una variedad tradicional china (Camellia sinensis) similar al oolong de tono azulado. No sin advertirme de la infinita dificultad de elaborar un té exquisito si ignoras el sabor de un té exquisito (el del emperador, por ejemplo, se hacía con agua de lluvia de 200 años, cuyas gotas hubiesen resbalado por los pétalos de flores de ciruelo), ni qué te gusta, ni por qué, caso de que en efecto te esté gustando.
Por supuesto, esto es un problema no sólo del té, sino de la vida, pero se complica mucho con el té si hay que reproducir exactamente el proceso y ceremonial necesario para hacerte otra botella. Y llegamos al misterio de las hojas de té, que una vez en al agua a la dosis adecuada (adecuada pero fluctuante), una mitad aproximadamente se deposita en el fondo, y la otra queda flotando en la superficie. Y ahí siguen por más que agites, violando todas las leyes de la física y la dinámica de fluidos. Un misterio, aunque sin muerto. Según los expertos, hay que esperar a que las hojas de abajo suban arriba, y las de arriba bajen al fondo, momento en el que el té estará listo. Estará al revés. Lo que agranda el misterio, porque es imposible apreciar eso, supuesto que ocurra. Tengo todo el verano para comprobarlo.