La mayoría de nosotros no se adscribe a ideologías extremas, ni políticas ni religiosas. Se sitúa en el centro: políticamente moderada, religiosamente agnóstica. En una hipotética elección, el agnosticismo superaría en votos tanto al ateísmo como al credo religioso por un amplio margen. Este pensamiento gobierna la filosofía espiritual de nuestro tiempo.
El agnóstico no niega tajantemente la posibilidad de otra vida, pero tampoco la afirma. Se mueve en la duda razonada, más por prudencia que por convicción. Sostiene que lo que hay detrás del telón de la muerte es desconocido, y que toda representación sobre ello forma parte de conjeturas demasiado fantasiosas. No es negación: es suspenso del juicio.
Incluso yo, que he sido testigo de un fenómeno insólito, me reconozco a veces invadido por la duda. Porque una cosa es ver el lloro inexplicable de una figura de loza, y otra, muy distinta, contemplar la representación en vivo de la «Divina Comedia». La duda es una condición necesaria para transitar por este anfiteatro llamado Tierra. Porque si tuviéramos la certeza absoluta de lo que hay más allá, dedicaríamos todo nuestro empeño en llegar cuanto antes. Este mundo perdería su valor si cada semana apareciera un difunto en la plaza mayor contando lo que ha visto. Ya no viviríamos aquí: nuestra atención se trasladaría completamente al otro lado. La duda, en ese sentido, es un equilibrio vital.
Me viene a la memoria aquel astronauta que decía no haber visto a Dios durante sus viajes espaciales y su neurólogo le respondió: «Yo he abierto mil cerebros, y nunca vi un pensamiento». Lo mismo vale. Carl Gustav Jung, en cambio, fue más allá al decir: «Yo no creo, yo sé». Aquello fue una imprudencia. Nadie puede saber. Siempre queda, al menos, una duda.
Aun así, la distancia entre creyentes y agnósticos no es tan grande. Muchos agnósticos consideran verosímil que haya otra vida, pero disienten con ciertos aspectos del dogma. Les resulta coherente que algunos deban purgar sus faltas en el más allá, pero no aceptan que se penalicen comportamientos que, aunque puedan ser discutibles, no dañan a otros.
Para el agnóstico, los mandamientos y los pecados capitales solo lo son cuando perjudican al prójimo. Matar, robar, mentir, esclavizar: sí, deben ser sancionados. Pero la lujuria, la gula o la desidia, mientras no afecten a terceros, no merecen castigo. El Derecho del Cielo, según su visión, se inspira en las leyes de la Tierra. Censuran si acaso los excesos, pero no los placeres que, al fin y al cabo, nos mantienen vivos.