Uno de los índices que determinan el grado de pobreza de una familia es que no pueda irse al menos una semana de vacaciones. Siempre que leo esto me entra la risa, porque soy consciente de que el nivel de vida ha subido mucho desde mi infancia, pero si aplicáramos este baremo a los niños de los años setenta resulta que todos éramos pobres. Ahora se está construyendo entre la generación joven una mitología del franquismo que asegura que cuando no había democracia en España atábamos los perros con longaniza. Se dice y se comparte en redes de forma masiva que cualquier familia española de mamá, papá y cuatro o cinco hijos compraban en un periquete una casa en la ciudad, una casa en la playa y pagaban carrera universitaria a todos sus vástagos con un solo sueldo. Los que hemos vivido esos tiempos -los últimos coletazos del franquismo- dudamos si reaccionar con ira o con carcajadas ante la idiotez que reflejan esos mensajes. Se pagaban menos impuestos porque había pocos servicios. En el entorno en el que yo crecí eso de salir de viaje toda la familia era algo completamente desconocido. Los inmigrantes de otras provincias marchaban a su tierra y los pijos iban a esquiar a Candanchú en invierno. Quizá el mito de la familia sesentera desplazándose a la playa en verano haya nacido en Madrid, pero lo de comprar un apartamento en los 60 y los 70 no lo vimos. En 1975 la mitad de las casas que se construían eran de protección oficial y muchísimas familias vivían de alquiler. Aunque ahora parezca inimaginable, en esos años ni siquiera existían las hipotecas para comprar vivienda que no fuera protegida: se subrogaba la que obtenía el promotor. Con intereses superiores al veinte por ciento.
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