Los que de verdad gobiernan el mundo hace tiempo que ya han decidido nuestro destino. Se materializa en la frase mágica que presidió el Foro Económico de Davos de 2016. Poco a poco vamos ingresando en ese nuevo orden mundial que se caracteriza por el asesinato de la acomodada clase media y la proliferación de pobres que pretenden vivir -o aparentar en las redes sociales- como si fuera ricos. Viajar es uno de los ingredientes que no pueden faltar en el cóctel del afán por pretender tener una vida acomodada. Por eso el auge del low cost ha sido la fórmula más exitosa de las últimas décadas. Aviones pequeños con más asientos que en uno grande, bien apretaditos, de plástico, estrechos e incómodos. El magnate Michael O’Leary llegó a proponer en su día que los viajeros pudieran volar de pie, como en el metro, pero se descartó la idea por razones obvias de seguridad. Antaño uno aspirada a hospedarse en un hotel, cuanto más céntrico y elegante, mejor. Ahora da igual, vale cualquier cosa, lejos, cutre, compartiendo cuarto de baño con desconocidos… todo eso no se muestra en las redes. Proliferan las ‘escapadas’ ¡de dos días! Solo que ese modelo triste de duros a cuatro pesetas, de no permitir que uno disfrute de su tiempo -porque el tiempo es dinero- y de racionalizar la semiesclavitud tiene consecuencias a nivel macro, que es el que les interesa a las élites. Las regiones del planeta que viven del turismo, como la nuestra, empiezan a ver el problema: los turistas no gastan. No porque no quieran, sino porque no tienen. No cobran salarios suficientemente generosos como para sostener una vida de ocio que permita sobrevivir al negocio turístico. Les basta con el selfie.
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