Decepción en Alaska. Medio mundo miraba el viernes por la noche a ese remoto punto del planeta donde se estrechaban las manos los dos hombres más poderosos del planeta -con permiso del chino Xi Jinping- y tras una larga espera de tres horas y un derroche de simbolismo en el recibimiento, la rueda de prensa posterior, ya de madrugada, fue un jarro de agua fría sobre las esperanzas de, al menos, un alto el fuego en Ucrania. Pero, más allá de eso, en un chorro de palabrería aparentemente vacua, hubo en las intervenciones de Vladímir Putin y de Donald Trump algunos puntos a resaltar que marcan por donde van los tiros en la geopolítica mundial. Como pensaban algunos analistas, el conflicto ucraniano fue solo uno de los asuntos que habían llevado a Anchorage a los dos mandatarios, puesto que -aunque desde la pequeña Europa nos resulta inverosímil- a estos dos gigantes les preocupan mucho más otras cuestiones. La nueva amistad entre Armenia y Azerbaiyán, por ejemplo, el reparto del Ártico, la extracción y tratamiento de las tierras raras, el futuro del comercio mundial y, sobre todo, la necesidad de trascender los criterios de confrontación que han regido el mundo desde hace siglos para abrazar una nueva etapa de cooperación. Ucrania es solo un molesto grano en el culo, Volodímir Zelenski está ya descartado de la escena internacional como el muñeco roto que es y los grandes miran ya mucho más allá. Los únicos que parecen no enterarse de la fiesta son los mal llamados líderes europeos, enrocados en una visión del mundo obsoleta y ridícula que pretende que a base de comprar muchas armas y sacrificar millones de vidas pueden hacer frente a una Rusia infinitamente más fuerte en todos los sentidos.
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