Publicaba «La Vanguardia» el 28 de agosto, el perfil de la abadesa del monasterio franciscano de San Juan de la Penitenciaría. La hermana Mariuca Mesones compartía una anécdota curiosa: les piden oraciones a través de WhatsApp y por correo electrónico. Pero lo más destacable de su entrevista, a mi parecer, fue el consejo que dejó: «Estar presente en cada momento… Ha llegado el momento del ser».
Uno de los libros que me acompañaron en mi juventud fue «Del tener al ser», de Erich Fromm. El autor analiza la dicotomía entre dos formas de existencia: la del tener, marcada por la posesión, la acumulación y el frenesí; y la del ser, que se expresa en la actividad creativa, el amor, la razón, la conciencia de uno mismo y la conexión con el mundo a través de la experiencia y el crecimiento. Fromm propone un «arte de vivir» que permita al individuo liberarse de las trampas del consumismo y la ambición material, para alcanzar una vida plena, arraigada en lo significativo, en la capacidad de dar y de compartir.
2 «Estar más presentes», como aconseja la abadesa. Tal vez ahí resida la verdadera revolución de nuestro tiempo. Hemos vivido décadas obsesionados con el «hacer» y el «tener», corriendo tras metas que rara vez llenaban el vacío. Hoy, con este cambio de aire que se respira, asoma la época del ser.
Ser es habitar cada instante sin huir de él. Es reconciliarnos con lo sencillo: una conversación serena, un cielo limpio, la compañía silenciosa de quienes amamos. Ser es recordar que no somos máquinas de producir, sino seres humanos con profundidad, con fragilidad y con ternura.
Pero esta llamada no es solo individual. Tiene un eco social que nos atraviesa. Porque cuando una sociedad se obsesiona con el tener, inevitablemente crecen la desigualdad, la insatisfacción y la deshumanización. Se mide el valor de las personas por lo que poseen, no por lo que son, y en esa carrera ciega se sacrifican vínculos, sueños y hasta la dignidad.
2 La época del ser nos reclama un cambio profundo: pasar de competir a compartir; de consumir sin medida a cuidar lo que tenemos y lo que somos. Nos recuerda que la verdadera riqueza está en la salud, en la cultura, en el tiempo que regalamos a los demás, en la solidaridad que sostiene lo común.
Quizá la mayor valentía hoy sea detenernos, escuchar, volver a mirar a los ojos y reconocer en el otro a un igual. Tal vez la auténtica prosperidad no dependa de cifras crecientes, sino de comunidades más humanas y vínculos más sanos.
Ha llegado la época del ser como una llamada íntima y colectiva. Un recordatorio de que no se trata de añadir más a la vida, sino de quitarle lo que le sobra, hasta dejarla desnuda de artificio y plena de sentido. Ser no es un lujo: es la única forma de sobrevivir con dignidad en un mundo de incertidumbre que ha confundido la velocidad con el progreso.