Seguramente la mayor grandeza en un político consiste en saber anticiparse a los problemas y ponerles solución antes de que te arrastren como un tsunami. Algo de lo que carecen todos y cada uno de los personajes que nos gobiernan, a todos los niveles. En ocasiones es difícil, o casi imposible, pero en otras son cosas que se ven venir de lejos. Ni siquiera así lo tienen en cuenta. Porque su horizonte es tan pequeño, y miserable, que apenas les llega para concebir el escenario a cuatro años vista, los que les quedan en el poder en el mejor de los casos. Luego, el problemón se lo comerá otro.
Por eso resulta incomprensible que cuando todos sabemos que la generación boomer empieza a cumplir los 65 nadie se tome en serio lo que se avecina. De entrada, el pago de las pensiones, que ya es un asunto de enorme calado. Miles de nuevos pensionistas cada día que han currado durante casi cuarenta años y han cotizado, en muchos casos, al nivel más alto. Pedazo de parte del pastel que se llevan. Pero hay mucho más detrás. Miles de esos nuevos pensionistas aún disfrutan de sus padres vivos, muy ancianos, con muchas necesidades vitales. Y ellos mismos empiezan la carrera hacia la vejez. Quizá tarden diez, veinte o treinta años, pero ¿alguien ha pensado cómo se les va a atender? Si ahora ya faltan de forma crónica residencias de ancianos y la mayoría son un horror en el que ninguno de nosotros quisiéramos acabar, ¿qué pasará en una, dos o tres décadas? ¿Quizá confían en que Putin nos pulverice a todos con una bomba atómica? Si quisiéramos envejecer en casa, el anhelo de la mayoría, ¿se está formando a profesionales del cuidado o seguiremos confiando en inmigrantes ilegales sin ninguna cualificación?