Veo en casa, relajado y nada prejuiciado, la serie de Movistar+ sobre los expresidentes de gobierno de España, actitud que me permite calibrar mejor el título de presentación («La última llamada»), así como el factor humano de todos y cada uno de los expresidentes (por orden cronológico Felipe, Aznar, Zapatero y Rajoy) sujetos, cada uno de ellos, a situaciones límite de diferente calado, pero igualmente tensas, que pusieron a prueba el temple de unos personajes no siempre justamente valorados.
El epígrafe «La última llamada» corresponde, si no recuerdo mal, a unas declaraciones de Felipe González a «El País Semanal», en una entrevista al final de su mandato presidencial, en la que se refería a que lo peor de un cargo como el presidencial era la tensa espera de la vibración del último teléfono que tenía en la mesilla de noche, la agobiante sensación de que ya no había nadie detrás y que todo dependía de su decisión. Me evocó una situación parecida, salvando las distancias, la del cirujano abocado a una situación límite, que algunas veces había tenido que afrontar en mi vida profesional.
La docuserie empieza precisamente con Felipe González, su vertiginoso ascenso a la cúpula de su partido y posteriormente a la presidencia del gobierno, en los albores de la democracia. Arropado por su hija María y por los colaboradores más cercanos de aquellos momentos, el expresidente rememora, muy contenido, los principales acontecimientos de su mandato, aunque pasa de puntillas sobre el GAL, episodio al que niega toda verosimilitud en una recordada entrevista en televisión, bajo la presión periodística de un joven e implacable Iñaki Gabilondo. Apunta Felipe que sus peores momentos como presidente fueron los atentados etarras y el desgarro político y sentimental que le supuso la ruptura con Nicolás Redondo. Confiesa Felipe que en un determinado momento tuvo la información precisa de una reunión de la plana mayor de ETA en un lugar del sur de Francia. No hubiera sido difícil mandar un grupo armado, pero, según cuenta el propio expresidente, no se atrevió a propiciar una acción contraterrorista por sus previsibles consecuencias internacionales…
Sorprendentemente, dado su carácter más árido, Aznar exhibe su firmeza (¿obsesión?) en la involucración de España en guerra de Iraq, pero emocionalmente se implica más intensamente que Felipe al evocar el tema del asesinato de Miguel Ángel Blanco, en el que tanto él como su mujer Ana Botella dejan asomar un conato de lágrimas. No debió de ser para menos cuando los etarras quisieron chantajear al presidente, quien reaccionó yéndose al hogar del joven concejal para anunciar a su familia que no cedería a las demandas etarras, en el que sería el momento más difícil de su estancia en la Moncloa. La terrible escena me recordó una cena ateneísta en que formulé una delicada pregunta a otro expresidente del Gobierno:
- Si a usted le informan que se ha detectado una lancha repleta de etarras armados hasta los dientes con rumbo a Vizcaya, ¿qué haría?
- Hundirla.
…(Fundido en negro)…
Según sus colaboradores Zapatero solo tuvo unas pocas, pero también firmes ideas: ley de dependencia, matrimonio homosexual y, fundamentalmente, acabar con ETA, lo que acabó logrando, codo con codo con el nunca justamente valorado Alfredo Pérez Rubalcaba, pero se topó con una crisis económica que puso al país al borde del rescate financiero. Aun así, sigue encantado de haberse conocido como presidente y, sin lugar a dudas, repetiría la experiencia como servidor público de su país. Rajoy, por el contrario, parece que pasaba por allí y le ofrecieron el puesto, que aceptó como buen funcionario, pero que de ninguna manera volvería. Sin embargo, uno de sus colaboradores da en el clavo cuando en un momento de la grabación afirma que, con toda probabilidad, Rajoy no fue el mejor de los presidentes, pero sí fue el mejor de los expresidentes, esos frágiles jarrones chinos que, según Felipe González, nadie sabe cómo ni dónde colocar y que incordian más de lo estrictamente necesario…