El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, nos tiene ya acostumbrados a alguna nueva boutade a eso de las nueve de la noche. Cada vez que el hombre desayuna, se sube a Air Force One con su corte de periodistas o recibe a otro mandatario, su garganta portentosa suelta algo sorprendente. El otro día, a raíz del despliegue inaudito de fuerzas de combate en aguas del Caribe y del jueguecito de rol al que ha invitado a sus tropas, resumía así lo que él percibe como la ruta del narcotráfico: Colombia produce, Venezuela transporta y México distribuye. Sea así o no, e ignorando abiertamente que todo eso sucede porque existe una demanda muy dinámica entre los ciudadanos estadounidenses, lo cierto es que Colombia y Venezuela ya tienen barcos de guerra frente a sus costas y a unos cuantos yanquis jugando a hacer estallar lanchas que a ellos les parecen sospechosas. No es una broma. El único que por ahora queda fuera de la ecuación es el vecino de abajo, el patio trasero de Estados Unidos: México. Si yo fuera Claudia Sheinbaum no dormiría muy tranquila. Trump es demasiado simple para ir de farol. Con un país inmenso donde el narco cada día conquista unos metros más de territorio y de poder, donde un tercio de la población es pobre y todavía quedan millones de analfabetos en los estados menos desarrollados, y donde la corrupción es norma, a esta señora -de origen judío, lituano y búlgaro- parece no preocuparle otra cosa que el dichoso perdón que España debe pedir a su país. Erre que erre con la cantinela. Debería revisar la historia, quizá descubra que los grandes males de México ocurrieron tras su independencia, precisamente por dejarse embaucar por los yanquis, a los que tanto admira.
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