La excesiva privatización y el golpe del ladrillo están destruyendo el bosque balear. Ya conocemos al humano y su ambición. Pero hasta la propia naturaleza guarda enemigos. La procesionaria del pino avanza cada año como una plaga silenciosa que nadie parece querer asumir como responsabilidad propia. Llega el invierno y las bolsas vuelven a colgar de las copas de los pinos, esas señales inequívocas de que, en cuanto suban las temperaturas, miles de orugas descenderán formando filas de larvas. Un serio riesgo para niños, mascotas y personas alérgicas. Lo preocupante no es sólo su persistencia, sino la pasividad con que se afronta un problema que ya no es únicamente forestal, sino también vecinal y de salud pública.
Muchos propietarios de parcelas ignoran el asunto por voluntad o dejadez. Y los que lo combaten se ven perjudicados por los que pasan de buscar solución. Y el ciclo vital de la procesionaria no entiende de linderos. La oruga no conoce escrituras, y lo que no se enfrenta de forma colectiva acaba extendiéndose. Es un ejemplo de cómo la responsabilidad individual, cuando no se acompaña de coordinación o de acción pública, se vuelve inútil.
En muchas zonas rurales o residenciales de pinar, los vecinos conviven resignados con la plaga. El aumento de las temperaturas y la suavidad de los inviernos han disparado la proliferación. La consecuencia es que los patios, parques y caminos forestales se convierten, durante semanas, en un territorio hostil. Prevenir en los meses previos es fundamental para evitar el riesgo.
Ante este escenario, la Administración no puede limitarse a recomendar tratamientos: debe implicarse. Ya sea mediante campañas coordinadas de fumigación o con ayudas económicas que permitan a los particulares actuar. Las cajitas marrones no sirven de nada. Tratar un pinar privado supone un coste elevado, y lo razonable sería que existieran subvenciones o programas municipales de control conjunto. Igual que se fumigan los mosquitos en zonas húmedas o se limpian los cauces de torrentes para evitar inundaciones, o debería hacerse, la procesionaria merece una respuesta organizada.
La inacción es un lujo que no podemos permitirnos. Si no entendemos que este es un problema común, seguiremos repitiendo el mismo error: creer que basta con mirar hacia arriba y esperar que el viento se lleve la plaga. Pero la procesionaria, como casi todos los males que ignoramos, siempre vuelve. Y cada año, un poco más cerca.