Vivimos tiempos políticos que a los historiadores del futuro les costará, sin duda, interpretar. Nuestro país se halla al albur y el capricho de dos líderes cuyo único horizonte es su supervivencia personal, mientras la política se traviste para ellos de mero envoltorio para tal fin.
Pedro Sánchez y Carles Puigdemont viven en sendos universos paralelos, por más que el primero está empeñado en taladrar un agujero de gusano para comunicarlos y seguir comerciando. No hay ni un átomo de ideología en su pretensión. Sánchez –con la colaboración de Rodríguez Zapatero– ha laminado todo lo avanzado durante treinta años en el socialismo post-Suresnes hacia la socialdemocracia europea y lo ha convertido en un accesorio para su causa personal, aderezado de continuas referencias al peor PSOE de la historia, el de la Guerra Civil y Largo Caballero.
El guerracivilismo y sus embustes le están dando mucho juego, aunque el tiro le esté saliendo por la culata entre la población juvenil, con tendencia natural a oponerse al poder establecido e idealizar el pasado. Si un trilero como Sánchez pierde tanto tiempo en ocuparse de combatir la momia de Franco, algo bueno debió haber hecho éste. Ese es el razonamiento que está calando entre la juventud y por ello crecen exponencialmente las opciones populistas a la derecha de la derecha, ante la desesperación de Feijóo y de quienes se situan en el centro del tablero político.
Puigdemont, por su parte, trata de poner su culo a salvo de las andanadas que le llegan desde Ripoll. A diferencia del de Amer, Sílvia Orriols no ha heredado esa vena comercial que ha teñido la política catalana desde Jordi Pujol, que provocaba que a las negociaciones con Cataluña los políticos estatales hubieran de acudir con la chequera en ristre. La Orriols es una política dura, clara y poco amiga de eufemismos. La derecha española le podría comprar todo su discurso -sería, de hecho, un gran fichaje- si no fuera porque, ¡ay!, probablemente debido a su insultante juventud –41 años– , está inoculada como gran parte de la sociedad catalana del virus del odio absolutamente irracional hacia ese magma de gente malvada y aviesa que denomina, con asco, España, y que somos usted y yo.
El daño inconmensurable que ha provocado ese lavado colectivo de cerebro no lo superará la sociedad catalana ni en cien años. Una pena.
Ahora tocaba que Puigdemont escenificara una ruptura por todo lo alto porque no consigue que el presidente del Gobierno le asegure la impunidad frente a los delitos cometidos y está harto de comer mejillones con patatas fritas en Bélgica. Bastante ocupado está el madrileño en lograr esa impunidad para su hermano y su mujer, y en mantener, cueste lo que cueste, la boca cerrada a Cerdán y Ábalos, como para andar pensando en el de Waterloo. Para ello ha comisionado a Zapatero, experto en conversaciones y negociaciones con sátrapas y que se mueve en este apestoso cieno como pez en el agua.
Y, pese a las ridículas postraciones del Gobierno y su socio de gabinete apelando a seguir negociando con Junts, lo cierto es que estamos ante un duelo de trileros al estilo de Burt Lancaster y Kirk Douglas, solo que en nuestro caso quien parece dirigir el film no es John Sturges, sino más bien Paco Martínez Soria.