Hace años descubrí una canción de Atahualpa Yupanki que daba cuenta de la existencia de un árbol singular: «Un aromo nacido en la grieta de una piedra… en un alto pelao… todos los vientos le pegan… lo miran a distancia árboles y enredaderas diciéndose con rencor: pa’ uno solo cuánta tierra». Olvidaban su esfuerzo y sufrimiento al florecer, no valoraban «que, no teniendo alegrías, se hace flores de sus penas». El cantautor concluye: «Eso habrían de envidiar los otros…, si lo supieran».
Hace unos días, leyendo unas líneas de Miguel de Unamuno, me enteré de la existencia de madréporas en los mares tropicales: «Los periódicos no dicen nada sobre la vida silenciosa de millones de personas sin historia que a todas las horas del día y en todos los países del globo van a sus campos a continuar el oscuro y silencioso trabajo». Y comparaba esas vidas humanas con «esa vida infrahistórica de las madréporas en el fondo de los océanos que sostiene la base de los islotes».
Con música de Yupanqui y letra de Unamuno, levanto el elogio a tantas personas que, como el aromo solitario, son ejemplo en su soledad. Y a tantas otras personas que, viviendo en la oscuridad, son ejemplo en su bregar por el día a día. Los sufridos y los invisibles también hacen proezas, son seres anónimos de inmenso valor. Creo que constituyen el grueso innominado de los que llamamos «todos los santos».