Nora es una mujer marroquí de 49 años, que lleva la mitad de su vida trabajando y viviendo en Ciutadella. El viernes finalizó su contrato de alquiler de un apartamento, no se le ha renovado, y lo único que ha encontrado para vivir y que puede pagar es un garaje. Es verdad que tiene un cáncer y le dificulta mantener una actividad laboral, también a su marido, y eso les merma la renta y la calidad de vida. Ahora es su peor momento en los 23 años que lleva en la Isla, donde entró de forma legal, con su contrato de trabajo en la mano.
Nora es Belazghem de apellido y no Pons. Viste según la moda y las tradiciones de su país de origen y no de acogida. Se cubre la cabeza. No sé si todo ello afecta a la manera de valorar su situación y el contenido del reportaje publicado por el periódico, que ha tenido una amplia repercusión. Espero que no. Es un caso real que demuestra la fragilidad de muchas economías domésticas, incapaces de afrontar una situación de vulnerabilidad, y que no encuentran otra salida que la precariedad. Hace unos años, en Menorca nadie dormía en la calle. O no se veía. Hoy, hay personas sintecho, en la entrada de algún cajero automático. En otros sitios, como Barcelona, vuelve el chabolismo, como el histórico de Nou Barris antes de que llegara al autobús 47.
El de Nora es un caso de emergencia habitacional. Si fuera el único sería más sencillo encontrar respuestas, pero las estadísticas demuestran que la emergencia es general. Y las administraciones, pese a que adoptan medidas, especialmente el Govern, muestran poca eficacia en las respuestas. Se mueven al ritmo de la vieja Europa, entre papeles, planes, informes, decretos, leyes, presupuestos... y debates políticos desenfocados o interesados.
En lugar de ver a las personas, miran las tendencias electorales. Y por eso piensan que si dan preferencia a los residentes para acceder a un piso social tendrán más votos. El invierno está cerca.