Síguenos F Y T I T R
Hoy es noticiaEs noticia:
Una nueva era

El valor del esfuerzo

| Menorca |

Hay frases que hieren por su crudeza: «Los niños ahora no aprenden, ni entienden lo que leen». Es el titular de un informe reciente sobre educación en España, pero también podría ser el epitafio de un tiempo en el que el esfuerzo y el conocimiento se nos escurren entre las manos.

Los datos lo confirman: nunca antes los alumnos españoles habían sacado tan malos resultados en matemáticas y comprensión lectora. Hay estudiantes de doce años incapaces de escribir su propio nombre, adolescentes que tropiezan con un problema sencillo de cálculo, futuros adultos que leen frases sin comprender su sentido más básico. Y, sin embargo, lo más inquietante no son las cifras, sino la resignación con que las acompañamos.

Vivimos en una paradoja. Por un lado, nunca hemos tenido tanta tecnología, tantos métodos educativos innovadores, tantos discursos sobre la importancia de la educación. Por otro lado, los maestros denuncian que los alumnos llegan cada vez con menos herramientas, con menos hambre de aprender, con menos capacidad de concentración. Los pedagogos hablan de un sistema que ha cambiado el objetivo. Ya no se trata de formar el intelecto ni de cultivar la curiosidad, sino de evitar el sufrimiento a toda costa. «No corrijan a sus hijos, no les hagan pasar malos ratos, no les pongan deberes…», escuchan los maestros. Y así, entre algodones y pantallas, los niños crecen frágiles, sin músculo para el esfuerzo, sin entrenamiento para la frustración. Se confunde la felicidad con la ausencia de conflicto, cuando en realidad la vida adulta es otra cosa: caídas, tropiezos, problemas por resolver.

La escuela, advierten los expertos, ha dejado de exigir, ha renunciado a sembrar conocimientos sólidos, porque se prefiere la complacencia de los informes pedagógicos al rigor del aprendizaje real. Y, mientras tanto, padres y profesores se reparten culpas, incapaces de asumir que el problema es de todos.

Es fácil señalar a los alumnos, acusarlos de falta de interés, de dependencia de las pantallas. Pero, ¿no será que somos los adultos quienes les hemos entregado un mundo plano, sin misterio, donde el saber ya no tiene prestigio y donde todo se mide en resultados inmediatos? ¿Qué ejemplo damos cuando confundimos cultura con entretenimiento, cuando nosotros mismos apenas leemos o apenas pensamos más allá de los titulares?

Recuerdo un razonamiento muy acertado: Los padres de la generación de la guerra civil, querían que sus hijos pudieran comer. Esa generación, ya fuera de la hambruna, quería que sus hijos tuvieran estudios. El objetivo de estos, que ya pasaron por la universidad, fue que sus hijos alcanzaran relevancia social. Y estos últimos, que es la generación de los padres actuales, quieren que sus hijos… «¡sean felices!»: «me viene todo dado y me lo merezco todo». No somos conscientes del vacío existencial que proporciona este paradigma y las terribles consecuencias que está teniendo entre la juventud.

El informe es un aviso, pero también una oportunidad. Si seguimos en esta dirección, lo que se empobrece no es sólo la escuela, sino el país entero. Un país de jóvenes que leen sin entender lo que leen es un país que camina a ciegas, que tropieza con su propio futuro.

No es tarde. La educación todavía puede ser ese lugar donde los niños descubran que las matemáticas sirven para mirar el mundo con otra lógica, donde la lectura abre puertas que ninguna pantalla puede mostrar. Pero para eso necesitamos valentía. Valentía de los padres para dejar de sobreproteger, valentía de los maestros para exigir, valentía de los políticos para escuchar más allá de la moda pedagógica del momento.

Se ha vuelto viral una pregunta que supuestamente le hicieron a Cristiano Ronaldo. Parece que realmente no ocurrió, pero el mensaje que transmite merece la pena: «¿cree que su hijo podría llegar a ser mejor que usted?». La supuesta respuesta nos da la clave: «Lo dudo. Yo crecí con hambre, con frío y con el miedo de no tener un mañana. Eso me obligó a luchar cada día como si fuera el último. Mi hijo, en cambio, disfruta de aquello que yo nunca tuve: comodidad. Y la comodidad rara vez enseña a esforzarse y pelear por un ideal.»

Quizás haya que recordar algo elemental: la vida está hecha de esfuerzo y de asombro, y sin ellos no hay aprendizaje verdadero. De lo contrario, seguiremos repitiendo titulares que duelen, y cada generación leerá un poco menos, entenderá un poco menos y será un poco menos libre.

Ahora bien, el esfuerzo, aunque imprescindible, no lo es todo. Para alcanzar verdaderamente un objetivo, hace falta también confiar en que, después de haber dado lo mejor de uno mismo, la suerte ponga un poco de su parte. Pero eso sí, para que esa combinación funcione, primero hay que tener un objetivo claro. Sin rumbo, ni el esfuerzo ni la fortuna sirven de mucho.

Sin comentarios

No hay ningún comentario por el momento.

Lo más visto