Nos señalan la inmigración pobre como una invasión que va a cambiar nuestros supuestos valores y modo de vida. Calificados como delincuentes, consumidores de servicios y objeto de privilegios inventados se apuntan como causa de nuestro empobrecimiento colectivo, aunque son la mano de obra barata que en su día fueron a buscar empresarios que hacían las obras del Pla Mirall. Hoy se les niega incluso el derecho a empadronarse si no han logrado disponer de un hueco en una habitación hacinada y pagada a precio de oro. Nadie señala como migrante a la población que llega desde el norte y que se está incrementando de manera notable. Se instala en invierno para ahorrarse los gastos de calefacción y hace negocio con el alquiler turístico en verano, pero siguen figurando como residentes en sus países de origen, donde cotizan y pagan impuestos. Ni una palabra sobre su impacto cultural, en el consumo de servicios, en el aumento de la inflación y sobre todo en la crisis de la vivienda. Se construye para ellos porque pueden pagar precios más altos. Migrante pobre y migrante rico son una muestra de los desequilibrios del sistema y de la doble vara de medir que impone la ideología dominante. No se trata de etiquetar a la persona que viene, se trata de hacer de esta tierra un lugar para vivir con dignidad, de impedir que el migrante pobre sea mano de obra sustituta a sobreexplotar y que el migrante rico acapare aún más riqueza, dejándonos literalmente en la calle y obligándolos a partir.
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