Confieso andar bastante mosqueado con el Estado que me ha tocado en suerte. No es que yo sea contrario al Estado, ni mucho menos, pero cuando el Estado funciona fatal (entendámonos: funciona fatal para la clase parasitada, funciona de cine para la clase parasitaria) es lícito (opino) mosquearse.
Me haría sentirme mucho mejor, más optimista, si nuestro «estado del bienestar» persiguiera el bienestar general, y no tanto el bienestar particular de quienes dirigen el cotarro o comen del pesebre de quienes dirigen el cotarro.
Para ello tengo una propuesta bastante razonable. Me he inspirado en la casilla que resulta optativo marcar en la declaración de la renta (o resultaba: mi declaración la hace mi gestoría e ignoro si aún existe la casilla de la Iglesia).
Pues bien, propongo que se habiliten una serie de casillas adicionales para que el contribuyente elija libremente el destino final de sus impuestos.
En mi caso, y a modo meramente ilustrativo, señalaría en positivo (con enorme cruz) la casilla que respondiera a los siguientes criterios: Sanidad, educación, pensiones, justicia, seguridad y algunos otros instrumentos protectores.
Las casillas dedicadas a señoritas de compañía para altos cargos, mariscadas para todo tipo de caraduras, parásitos puestos a dedo en observatorios de las diversas chorradas que se han ido ocurriendo al ministro de turno, subvenciones opacas elegidas a dedo por cualquier espabilado que pague con ello favores o prebendas, asesores sobrantes (el 90 por ciento si no ando desencaminado), funcionarios inútiles (aquellos que se tocan las narices a dos manos, no acuden a sus puestos, sobran a todas luces y en vez de ayudar, molestan a sus compañeros competentes), aquellos diputados, senadores y eurodiputados premiados con ese puesto por servicios (tantas veces sospechosos) hechos al partido del que se nutren (en muchos casos desde su más tierna juventud), y en general, y para no aburrir: pasta gansa para caraduras que viven muy bien, sin dar un palo al agua a costa de los pagadores de impuestos; ello sin olvidar a esos periodistas que han renunciado a su necesaria función informativa y denunciante de excesos del poder, siendo subvencionados por el gobierno (pagando usted y yo la factura): marco con energía un «no» rotundo en esa casilla en mi declaración de la renta.
Permítanme que me extienda en este último capítulo referido a la prensa del Movimiento.
Si una prostituta alquila su cuerpo, en principio no hace mal a nadie, excepto a ella misma que tiene que soportar el manoseo de un cerdito. Pero si un periodista alquila su alma a un gobierno que le insta a ocultar o distorsionar noticias, hace enorme mal a la sociedad, ya que con la ingesta de mentiras tóxicas se inocula en la ciudadanía un virus de difícil tratamiento y cuya sintomatología incluye la polarización, el odio a aquellos a quienes el NODO te señale como malvados (nótese que quien se burla, con razón, del NODO, aplaude sin embargo a Pepa Bueno y sus clones en otros medios: versiones en color del mismo producto).
Este tipo de periodistas existen, y siendo grave que existan, resulta más grave aún que tengamos que pagar, los mismos trabajadores o autónomos que sufrimos su troleo, sus sueldos (a veces astronómicos como en RTVE).
Lo que daría gran utilidad a esta maravillosa herramienta (la de elegir el destino de nuestros impuestos) sería que quien no quiera costear con su esfuerzo fiscal a toda esa gente, y así lo declare, sugiero se le deduzcan esos gastos en la cuota que le correspondiera, y que lo a él deducido lo cubran con una derrama aquellos contribuyentes a quienes les parece bien que toda esta gente que he mencionado siga viviendo a su costa.
Y créanme, este tipo de ciudadano no solo existe: son legión. Hay millones de españoles que, obviando la hemeroteca, estarían encantados de que todos estos estafadores que nos mienten y roban se fueran de rositas, porque son «de los suyos».
Me parece estupendo, pero en ese caso que sean ellos quienes paguen la cuenta.
Tú financia a Sabatés y yo al profesor de inglés.
Yo le pago al enfermero, tú pagas a Julia Otero.
(Digo).