De la misma manera que los telediarios advierten a sus telespectadores de que las imágenes que van a ver pueden herir su sensibilidad, en la previa de este artículo le advierto, querido lector, que lo que va a leer es un rollo patatero, aburrido y tórrido, pero es lo que hay. La condena al fiscal general del Estado nos lleva a arremangarnos y ponernos un poco serios, aunque sabe que me gusta la coña más que a un niño unas chuches. Y no es tanto por lo insólito de los hechos, que ya les vale a todos, sino por las inusitadas reacciones de la bancada socialista, el Gobierno y la claque mediática convertida en abogado defensor. Que puede que usted piense que no hay para tanto revuelo con la Ayuso, su novio, el fiscal y el presi de fondo. Pero para mis adentros que sí. Que no puede toda la tropa salir en tromba cuestionando a los jueces. Nos convendrá a todos respetar las normas de juego y más ahora que hace cincuenta años que la espichó el generalísimo. Pensar que la justicia no es justa si no se ajusta a mis intereses, no vale. Hay que aceptar el resultado del partido antes de jugarlo, todo lo demás es ser un tramposo y no saber perder. Algo que se les enseña a los niños de pequeños y que, por lo que se ve, algunos no han aprendido ni de mayorcito. Y no es anecdótico, es patético y peligroso porque después se pasa al pitorreo. Ya le advertí.
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