Una de las reinas consortes que en España han sido miradas, tanto por el pueblo llano como por las élites intelectuales o personas revestidas de algún poder, ha sido la tercera esposa de Felipe II, o sea, la jovencita Isabel de Valois, hija del rey de Francia Enrique II y de su esposa la brillante e influyente Catalina de Medicis. Era Isabel una muchacha de apenas 14 años de edad al unirse en matrimonio con el poderoso rey de España, a donde llegaba ella con augurios de paz y de prosperidad, ya que esta boda dependía del cese de unos prolongados enfrentamientos y luchas entre Francia y España que se lograron en el tratado de Chateau-Cambresis (1558). Este favorable acontecimiento venía a ser el cese de una ansiada situación de paz, que se consideraba como muy favorable al bienestar y progreso del pueblo español. De ahí que las bodas de Felipe II con Isabel de Valois propiciaran que de un modo espontáneo el pueblo designara a la joven esposa como «la reina de la paz».
Los preparativos para esta deseada boda se iniciaron con presteza, si bien, por diversas circunstancias la unión matrimonial en plenitud hubo de dilatarse algunos meses. Felipe II eligió, como ilustres y principales responsables de ir en busca de su elegida esposa, al cardenal y obispo de Burgos Francisco de Mendoza, junto con el duque del Infantado Diego Hurtado de Mendoza, a los que se uniría después el Duque de Alba Fernando Álvarez de Toledo. Un numeroso acompañamiento añadía y daba vistosidad a esta expedición, que disponía de unas trescientas cabalgaduras y bestias de transporte.
La familia real francesa se trasladó a Blois y luego se encaminó al antiguo reino de Navarra. A la llegada de la expedición española se efectuó la proyectada boda por poderes el 22 de junio de 1559, actuando el Duque de Alba en representación del esposo, y en aquellos días se efectuaron diversos festejos, en uno de los cuales al realizarse la simulación de un torneo el de Francia, padre de la novia, sufrió un accidente que unos tres días después le ocasionó la muerte. Este tan inesperado trastorno y el consecuente tiempo de duelo provocaron que la esposa de Felipe II no entrara en territorio español hasta el 6 de enero de 1560, medio año después de lo previsto. Entonces se realizó el primer encuentro de los esposos, que el 2 de febrero del mismo año asistieron a la Misa de velaciones en Guadalajara.
La presencia de la joven reina Isabel de Valois en la corte española implicó una cierta transformación que se manifestó con la participación las mujeres en las cacerías y excursiones montando también ellas a caballo, arte en el que la reina se distinguía. También ella demostraba gusto e interés por la cultura y el arte, especialmente el de la pintura. Además aparecía claramente su adhesión a la fe cristiana y su vida piadosa.
El 2 de agosto de 1566 la reina dio a luz a Isabel Clara Eugenia, la cual se distinguiría por la bondadosa asistencia a su padre n los últimos años de la vida del rey. El 1º de octubre del año siguiente nació la segunda hija de la reina Isabel que se llamó Catalina Micaela que se casaría con el duque de Saboya.
En el año 1569 la reina consorte de España, Isabel de Valois, que contaba unos veintitrés años de edad, dio a luz a una niña que murió pocas horas después, habiendo recibido el bautismo de urgencia con el nombre de Juana. Aquel mismo día falleció la madre. Toda la Corte y el conjunto del pueblo español al conocer la noticia manifestaron una gran tristeza. El rey Felipe II que en todo aquel funesto día no se separó de su muy querida esposa, que en medio de sus angustias y padecimientos se mostraba serena, y confiando en Dios. El rey del cual se decía que antes nunca se le había visto llorar, en esta lamentable ocasión no cesaba de derramar copiosas lágrimas.
Durante los años de la presencia de la reina Isabel en la Corte española hacía ya bastante tiempo que en Madrid era muy apreciado un fraile agustino, llamado Alonso de Orosco, famoso predicador, oportuno consejero y distinguido escritor, actualmente ya es santo canonizado, Felipe II le había elegido como uno de los capellanes de la Corte para obtener un buen provecho por sus enseñanzas. El santo había acepado este nombramiento con la condición de no separarse de la gente humilde del pueblo a la que atendía desde su convento de San Felipe donde siguió residiendo.
Como escritor san Alonso de Orosco destaca también por su estilo literario, de modo que la Real Academia de la Lengua lo ha calificado como «escritor clásico» de singular mérito. Una de sus obras lleva el título de «Historia de la reina Sabá» y consiste en una enseñanza espiritual apoyada en la figura bíblica de una reina que visitó y admiró al rey Salomón, Alonso de Orosco dedicó esta obra a la reina consorte Isabel de Valois, expresándose de este modo: «Todo lo dicho, cristianisísima (sic) Señora, he traído para que vuestra Majestad vea cuán engañados andan los cristianos que ponen su fin y felicidad en las bajezas de esta vida […] Lo que yo suplico a vuestra Majestad es que por reverencia de Dios, lea esta historia, tan llena de misterios y tan apacible …» («Prologo a su Majestad»)
También en el capítulo 2º de su libro menciona san Alonso a los cristianos y admirables ejemplos de san Luis rey de Francia y san Fernando, el rey conquistador de Sevilla, estrechamente vinculados a las cortes de Francia y de España.