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Caminar, como leer, ayuda a pensar

| Menorca |

El pasado miércoles, día 12, salí por la mañana a caminar por una de mis rutas urbanas. Cada día elijo un recorrido diferente que me permite recordar a muchas personas, observar el desarrollo arquitectónico y reflexionar sobre cómo al Ayuntamiento le falta fuerza, coraje y más conciencia para abordar un urbanismo que dé respuesta a la degradación de la ciudad.

A veces, en esas salidas, suelo encontrarme con viejos amigos; charlamos unos minutos y luego continúo mi ruta. En esta ocasión tuve la gran satisfacción de encontrarme con Mª Dolores de Olivares, una vieja y querida amiga de toda mi familia. Me alegré mucho, pues tanto ella como Guillermo de Olives fueron muy apreciados en la familia.

Pasé por la zona de la Sínia de Costabella, preciosa y verde, como si fuera primavera. Me detuve a observar una hondonada cubierta por una densa vegetación que, con el tiempo, podría convertirse en un nido de roedores y en un vertedero, debido a las bolsas de basura y los trastos que la gente arroja entre los arbustos. Una zona que puede llegar a ser peligrosa y generar cierta inseguridad ciudadana. Sería necesario realizar una limpieza a fondo.

Al pasar por la Iglesia Evangélica, volví a encontrarme con otro viejo amigo y compañero. Solo sé que se llama Paco y que participó en las CCOO de la Construcción. Me comentó que escucha las tertulias de la Cadena SER y que le gustan mis intervenciones, así como los artículos que publico en MENORCA • «Es Diari». Hablamos de viejas historias; se interesó especialmente por el periodo de la Transición y tomó nota de varios libros fáciles de comprender.

Hacia el final de mi larga caminata, ya a buen ritmo, pasé por la calle Cronista Riudavets. Pensé en las obras que escribió y en sus narraciones históricas. No es una historia que pueda considerarse rigurosa según la metodología actual, pero tiene un gran valor como fuente histórica, ya que ofrece una visión global de su tiempo. Sus relatos sirven como punto de partida para otros trabajos en los que los investigadores nos presentan fuentes, estadísticas, archivos y análisis económicos.

A finales de los años sesenta del pasado siglo, comenzó a despertarse en mí un profundo interés por la historia de Menorca. Mis primeros pasos fueron acercarme a los libros de Riudavets y a algunos escritos de Joan Ramis i Ramis, considerado el mayor erudito de la Isla, así como a las recopilaciones de Vicenç Albertí, del cronista local Joan Seguí y de Francesc Hernández Sanz, quien, con un rigor documental notable, seguía la historiografía tradicional ya superada por los estudios más recientes de finales del siglo XX.

Muchas de las matizaciones de estos autores clásicos las fui conociendo en las tertulias que, durante las décadas de los sesenta y setenta, se celebraban los sábados por la tarde en el Ateneo. Escuchando las aportaciones de Andreu Murillo, Joan Pons Moll y Joan Mercadal, aprendía con atención mientras el resto de tertulianos seguíamos los debates con entusiasmo. Aquellas reuniones eran abiertas y espontáneas; a menudo nos centrábamos en los temas más candentes de la semana, en los ecos de los medios de comunicación o en las noticias provenientes de Radio París o la BBC.

Fue entonces cuando mi interés se amplió hacia la filosofía y la historia, y comprendí que la historia que hasta ese momento había leído correspondía casi siempre a la visión de los vencedores.
El primer libro que me impactó fue la «Historia de España» de Pierre Vilar; más tarde, otras obras de Tuñón de Lara y Antoni Jutglar consolidaron mi mirada crítica. A mediados de los setenta, D. Joan Grijalbo impulsó con fuerza las publicaciones de «Crítica», dirigidas por Gonzalo Pontón y Xavier Folch con la colaboración de intelectuales de gran reconocimiento académico como Josep Fontana, Julio Segura, Manuel Sacristán y J. Sempere, Francisco Rico.

Mis lecturas sobre la época islámica y los conflictos por el control del Mediterráneo me llevaron a centrarme en episodios concretos que despertaban dudas frente a las historias tradicionales que me habían transmitido en mis primeros años en la isla. Muchos se sorprenden al conocer la cantidad de personas que mueren ahogadas en nuestro mar; sin embargo, este mar ha sido, durante siglos una vía de conexión y una gran fosa donde decenas de miles de personas perdieron la vida a medida que expediciones armadas, a menudo vinculadas a los intereses de grandes familias, ocupaban sus territorios.

La capitulación de Menorca ante el joven rey Alfonso el 21 de enero de 1287 es un ejemplo paradigmático. Se negoció la salida del raïs Abú Umar y de los miembros de su séquito a cambio de un rescate; aquellos menorquines que no pudieron reunir los medios fueron expulsados violentamente, deportados y vendidos en los mercados de esclavos del Mediterráneo. Sus propiedades fueron saqueadas y subastadas. Unos llaman a estos hechos «conquistas», cuando en realidad se trató de un genocidio que obligó a repoblar la Isla siguiendo las prácticas habituales de la época.

En los años setenta mantuve una relación de gran ayuda con Ramón Petit, entonces director del Instituto Cervantes y agregado cultural en la embajada de España en Túnez. Gracias a su apoyo, pude acceder a documentos que él había estudiado para otras publicaciones, algunos relacionados con Menorca. En los años noventa, volvimos a encontrarnos y me habló de sus investigaciones sobre los moriscos y de su participación en el Coloquio Internacional «Los Moriscos y Túnez».

He sentido la necesidad de recorrer muchas épocas históricas de España y Europa, porque me costaba desaprender las enseñanzas recibidas en mi infancia y adolescencia bajo el régimen dictatorial de Franco y su influencia fascista.

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