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Asseguts a sa vorera

Reflexión aérea

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Es curioso. Te aviso, esta columna me la voy a tomar como una sesión de terapia. Como si tú, que me estás regalando un rato de tu vida, fueras mi psicoanalista o la persona con quien ir a tomarme una caña. Te explico una historia personal para que reflexionemos. Empiezo. A mí, casi todo, me da bastante igual. Me tomo muy pocas cosas enserio porque, no te voy a engañar, tengo el tiempo tan ocupado y la cabeza tan liada que priorizo muchísimo algunos temas mientras que otros los gestiono con ligereza.

Llevo una semana horrible. Asquerosa. Te escribo estas líneas desde un hotel de Ibiza donde estoy este fin de semana trabajando en un evento. No sé si hace 6 ó 7 años que vengo a ponerle voz junto a unos compañeros a las hazañas de corredores que se enfrentan a una carrera. Por lo tanto, hace 6 ó 7 años que me entra el canguelo cada mes de noviembre -el último fin de semana concretamente- porque tengo que coger dos aviones para ir a trabajar. Si eres un habitual de este coto privado de ideas sabrás que lo detesto, de la misma forma que detesto el otoño. Para mí, los dos, deberían ser prescindibles.

La semana horrible a la que me refería se debe a que desde el lunes que vi el desastroso tiempo que afectaba a la Isla me he estado imaginando encajado en el angosto asiento del dichoso pájaro metálico en mitad de un porrón de turbulencias culpa del puñetero viento. Tengo miedo a volar, lo sabes, pero me encanta viajar. Y, por el momento, en esa guerra dual entre lo uno y lo otro, sigue ganando las ganas de viajar, pero cada vez me da más pereza montarme en un avión.

Este hecho tan sencillo me condiciona el humor los días, incluso semanas, previos a subirme a uno de ellos. Estoy más malhumorado, me cuesta dormir, me afecta ver y, sobre todo, oír al puñetero viento golpear contra todo lo que encuentra. He tenido experiencias aéreas malas, dentro de lo normal que es vivir en una isla enamorada de la tramuntana, pero lo que más me horroriza es el hecho de no poder controlar la situación.

Yo sé nadar, lo que no sé es volar. Y el subconsciente te coloca en situaciones que no quieres imaginar y claro, te condiciona. Hago broma pero no estoy bromeando. A mí, volar me sienta muy mal pero lo que verdaderamente me sienta fatal es la semana antes de volar.

Total, que llevo un puñado de días peleado con el universo y maldiciendo y resulta que este viernes me he encontrado un día espectacular para volar, sin turbulencias ni retrasos. Una maravilla. Lo que me lleva a pensar…

¿Para qué nos preocupamos tanto de lo que no sabes a ciencia cierta que va a pasar? Es un auténtico despropósito y un desgaste de energías.

Luego me acuerdo que el domingo me esperan dos vuelos más y regresa el cabreo.

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