Los empresarios españoles son esa raza única, indómita, luchadora, que pretende desde tiempos inmemoriales salir adelante apoyándose en la esclavitud de sus trabajadores. Eso de que exista un salario mínimo les viene fatal, pero también muy bien, porque han decidido que esa obligación que les impone el Estado se convierta en virtud a su favor: han transformado el salario mínimo en salario habitual. Olvidan convenientemente que el salario mínimo suele -debe- aplicarse únicamente a trabajos que no requieren cualificación ninguna, que cualquiera puede desempeñar y a empleados que acaban de llegar a la empresa. Sería la base de la pirámide salarial, solo aplicable a los novatos en los puestos más sencillos. Aquí no. Se aplica como norma y chimpún. En parte es comprensible por la sangría a la que el Gobierno les somete cada vez que se firma un contrato de trabajo en este país, pero cuando las cifras no cuadran lo que tienen que hacer, sencillamente, es bajar la persiana. Porque, una de dos, o gran parte de las empresas de este país son una ruina y cerrarían si tuvieran que pagar salarios dignos a sus trabajadores, o los empresarios se aferran a esos sueldos de miseria para engordar sin escrúpulos y ad infinitum su capítulo de beneficios. Cualquiera de las dos opciones resultan demoledoras porque una retrata a un país de ineptos o la otra a uno de sinvergüenzas. Probablemente la verdad se encuentre en la combinación de ambas. Ahora la patronal propone una subida del 1,5 por ciento del salario mínimo -que ya es una mierda-, a sabiendas de que la inflación escalará este año al doble. Es decir, ofrecen que sus obreros pierdan poder adquisitivo, o sea, se empobrezcan y vivan aún peor.
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