Es vergonzoso que mientras las personas se morían por cientos diariamente durante el epicentro de la epidemia del covid, otros sin escrúpulos se enriquecían haciendo caja a cuenta de unas mascarillas. ¿Cómo puede entenderse que las mascarillas no fueran controladas por la administración del estado? ¿Cómo fue posible que unos «mequetrefes» manipulasen una necesidad sanitaria colectiva que a ellos les enriquecía obscenamente?
Verdaderamente no siento ningún tipo de pena al ver en qué putrefacto albañal de la historia ha ido a parar la máxima autoridad de la política valenciana, un «mal honorable» como Carlos Mazón, pretendiéndonos a los demás sordos y presbicios ante sus numerosas versiones del tiempo que estuvo con la periodista en el reservado del Ventorro. Y ahora va su sucesor, Pérez Llorca, y lo premia con un cargo, ¡qué vergüenza, qué ofensa a las víctimas! No alcanzo a entender que para dar cuenta de un menú se tarde casi cuatro horas un señor que ostentaba un cargo político de los que comprometen sin condiciones ni horarios. Por cierto, la periodista no creo yo que estuviera obligada a estar todo ese tiempo en un reservado. Como dice Elvira Lindo: «con tantas víctimas por medio cualquier ciudadana tiene el deber de decir la verdad».
La situación a la que han llegado el exministro Ábalos y su compadre Koldo no me extraña, lo que sí me causa sorpresa es que un ministro se meta en tan feos asuntos, disfrutando de chófer y coche oficial, despacho y secretaria y el sueldo de un ministro. Con infinitamente menos tienen que vivir millones de personas y lo hacen decentemente.
Claudia Montes dijo que «lo peor que le ha pasado en la vida a José Ábalos ha sido Koldo». Eso no me sirve para justificar los turbios manejos de un exministro que no solo ha dañado su persona, de manera colateral ha dañado al gobierno de su país.
Los dimes y diretes del PSOE ante los escándalos del PP, se han dado ahora la vuelta como una tortilla aunque al PP más le valiera echar una ojeadita a su hemeroteca en vez de presentarse como quien no ha roto un plato en su vida; en tocante a corrupción, han roto algo más que una vajilla entera. Los unos y los otros conocen en sus propias filas la corrupción, por más que luego desde la oposición no paren de rasgarse las vestiduras. Pero la mala memoria acaba por poner a cada uno en su lugar. Hace unos días el señor Feijóo se fue a Barcelona a visitar a la patronal catalana para convencer a Junts para una moción de censura y resultó que el secretario general de Junts, Jordi Turull, en el Consell Nacional le contestó diciendo: «tiene la osadía de venir a Cataluña a pedir ayuda a los empresarios, no es ayuda sino perdón por el maltrato al que les sometió durante los años que estaban en el gobierno». El gran problema de la política es que la derecha lo sabe todo sobre la izquierda y la izquierda lo sabe todo sobre la derecha. Intentar engañarse entre las dos corrientes es una gilipollez.
Señor Feijóo, usted ya debería de saber que las cicatrices son el espejo retrovisor de las heridas. Las cicatrices que tienen en la cara los toreros las conocen como cicatrices de espejo porque siempre que se afeitan las cicatrices les recuerdan la cogida del toro. Las cicatrices políticas recuerdan la dignidad vilipendiada por aquellos que fueron elegidos para gestionar la convivencia y no para enriquecerse a nuestra costa.