De niño escuché una frase que se me quedó grabada como quintaesencia de nuestro estar en el mundo: «España es un país que o se baña en agua bendita o quema iglesias». Más o menos. Viene ocurriendo recurrentemente. Ahora mismo estamos en uno de esos momentos de delirio fratricida en los que todo es blanco o negro, hagas lo que hagas o digas lo que digas. Como se te ocurra matizar serás reo de eso que llaman despectivamente sanchismo, el peor estigma que puede caerte: una cohorte de lanceros va a saltar sobre ti dispuesta a arrancarte la piel a tiras.
Si se te ocurre matizar, relativizar, será porque vives de las prebendas del poder o porque lees solo prensa adicta, genuflexa ante el poder. De otra forma, sería imposible que personas medianamente inteligentes, dicen, sigan los dictados de un sanchismo depredador que está dejando España para el arrastre. Se necesita ser lerdo, afirman, para matizar algo cuya putrefacción es evidente incluso para los miopes del alma. Claro que para llegar a estas contundentes conclusiones (España se deshilacha, el Gobierno es una caterva de puteros, la economía se desmorona, en pocas palabras, que por culpa del perverso sanchismo nos hemos convertido en la reserva mundial de la infamia), para llegar hasta aquí y no perecer en el intento, digo, se necesita ser una persona de carácter, principios y pechera de pollo como el invicto líder del Santiago y cierra España.
En el otro lado de la trinchera están los «moderaditos» que no son chicha ni limoná sino todo lo contrario, los trémulos equidistantes que no le hacen ascos a una buena foto con quien haga falta y más allá aún, los que por más que de cara a la galería renieguen de la dictadura sufrida por este país durante más de cuarenta años, no consiguen hacerlo más que con la boca pequeña, tan pequeña que apenas se les oye, y mucho menos ahora que vienen buenos tiempos para toreros consejeros, predicadores de las ondas (insultadores para ser precisos), gestores de obsesiones varias y demás ralea de la siempre profunda España, repleta de valientes cruzados dispuestos a salvarla.
¿Qué nos queda a los débiles de espíritu, seres dubitativos, sin principios inamovibles, prófugos del blanco o negro, amantes del matiz ? Pues lo primero, andar con mucho cuidado, están en pleno terreno minado. El presidente del Gobierno, por ejemplo, es el objeto del odio hecho carne. Nunca se vio animadversión semejante a un gobernante, si exceptuamos a Aznar y sus guerras. Si te empeñas en matizar, aunque sea decir que habla un buen inglés, nada de lo que digas o hagas te va a exonerar de ser considerado un individuo poco de fiar o extremadamente peligroso. Ni siquiera reconocer que sería hora de convocar elecciones, calmará su ansiedad, hay que llevar al felón a la pira (de momento solo lo han hecho con un muñeco suyo, pero todo se andará si nadie pone seny), para escarmiento de una ciudadanía ingenua, incapaz de vislumbrar la magnitud de la catástrofe a la que nos ha llevado ese desalmado sujeto.
Bueno, en serio, ¿no es hora ya de bajar el diapasón y darle cancha al matiz? Criticar al monstruo de la Moncloa no es malo, es higiénico molestar al poder, ¿pero de verdad no cabe ningún matiz al discurso catastrofista imperante? ¿todo se ha hecho tan mal durante los últimos años? ¿o se trata de una fobia invencible la que nubla el sentido común? En cualquier caso, no estaría de más un poco de paciencia, todo se andará y acabarán volviendo las oscuras golondrinas, pero un exceso de celo puede ser contraproducente para los afanes derogatorios. Es lo que se llama sobredosis, pero esa sería otra.