Donald Trump está alucinando con lo que pasa en Europa. Y lo más gordo es que los propios europeos no somos conscientes porque nadie nos lo cuenta. La censura, autocensura o lo que sea que padecen los medios de comunicación es tan pasmosa que han logrado lo que seguramente se propusieron hace años los poderosos: mantenernos en la inopia y relativamente felices por ignorancia. Gran parte de la población renuncia a informarse y tampoco me extraña, porque la información suele ser fuente de inquietud, disgusto y malos rollos. Lo que más ‘vende’ es el miedo y de esa parte andamos bien servidos. Muchos prefieren el entretenimiento, bien a través de la telebasura o bien en las redes, donde abundan toda clase de chorradas en las que perder el tiempo. Luego está Netflix, que se va comprando la competencia poco a poco hasta que acabe siendo la plataforma única desde donde difundir el pensamiento oficial y único.
Los atracones de series son la fórmula favorita para eliminar de cuajo cualquier atisbo de sentido crítico. Así que mientras todos nos dicen que Trump caca, el hombre ha puesto el dedo en la llaga con primorosa puntería al definir a Europa: «Si siguen por ese camino, muchos de esos países no serán viables». Le ha faltado decir que hace tiempo que no son viables, porque viven -vivimos- a crédito y no se genera suficiente riqueza para devolver los préstamos y sus intereses. Europa está en plena decadencia. Nunca logramos superar la crisis de 2008 y la pandemia no hizo más que colocar un gran clavo más en el ataúd. La maraña de normativas, la burocracia monstruosa y la absoluta pérdida de competitividad nos han condenado, amén de la corrupción y la total ineptitud de nuestra clase política.