Los estudiantes han concluido las clases, los adultos se hallan a punto de parar en sus tareas, los mayores se afanan en los preparativos: las Navidades se encuentran a la vuelta de la esquina. Tenemos quince días por delante para disfrutar de las fiestas, para compartir momentos dulces con familiares y amigos, para converger con los alejados y los habitualmente ausentes. Todo ello es motivo de alegría de la buena, no porque se nos imponga la obligación de dibujar sonrisas y repartir abrazos, sino porque necesitamos explayarnos con una cercanía sincera y cordial. No dejemos de aprovechar la oportunidad.
Nuestra sociedad se inclina cada vez más hacia la familia nuclear, en la que padres e hijos se encierran en sus casas, porque todos los demás estorban. A los abuelos se les tolera mientras puedan prestar servicios (a veces absorbentes), pero llega un momento en que sus achaques constituyen un fastidio. Los hermanos y sus cónyuges son aceptados en la medida en que hayamos establecido lazos sólidos, pero al que no encaja se le vuelve la espalda. Las rencillas y resquemores afloran en estos días, cuando la euforia que dispara el alcohol lleva a que se suelte la lengua en una dirección inconveniente. Los cuñados se llevan la peor parte.
No es un mal general, a Dios gracias, pero en algunas ocasiones los encuentros se convierten en encontronazos y lo que debiera servir para la unión provoca rupturas. Un viejo refrán castellano asevera que «quien de los suyos se separa, Dios le desampara». No sé si Dios atiende tales detalles, pero es seguro que no le resultan gratas las colisiones. Tal vez, si mostráramos una mayor aceptación de los demás y anchurosa capacidad de acogida, no caeríamos en semejantes torpezas, pero es que cualquier cosa nos enerva y trastorna. Quizá deberíamos ampliar el círculo para que quepan muchos más: los que siempre se hallan a nuestro lado, llueva o truene; aquellos que no tienen a dónde agarrarse, los que no soportamos sin saber siquiera por qué, aquellos de los que nos hemos separado por un quítame allá esas pajas.
Y esta perspectiva aún podría amplificarse si levantáramos los ojos para abarcar el mundo con sus carencias y desigualdades. Quienes disfrutamos de todo lo necesario y aún derrochamos sin medida, nos atrincheramos en nuestro búnker y no nos acordamos de lo que ocurre en las afueras. Guerras para aniquilar a los adversarios del país vecino, enfrentamientos civiles, hambre y destrucción, desprecio al diferente, abusos a los débiles… La lista podría ser muy larga, pero en cualquier caso nos resulta engorrosa, porque en el fondo sabemos que estamos desatendiendo lo que aguijonea nuestra conciencia. Preferimos inclinarnos hacia el que nos susurra que no merece la pena detenernos en lo que juzgamos nimiedades, que además suceden en la otra punta del planeta. Y naturalmente es a esta incitación a la que hacemos caso.
«El mundo es ancho y ajeno» titulaba el peruano Ciro Alegría una novela emblemática del indigenismo, y lo que se desprende de este concepto es precisamente lo que no queremos aceptar y por tanto desechamos contribuir a la mejora, aunque sea de una forma mínima. Podríamos abrir nuestros brazos, o nuestra cartera, pero nos da pereza. Preferimos aislarnos en casa, cerrar los ojos y entretener a los niños tocando la pandereta ante las luces de un remedo de árbol. Es lo que entendemos por espíritu navideño.