Estamos a días de Nochebuena, Navidad, segundo día de Nadal, Nochevieja, Año Nuevo, Reyes… el habitual atracón culinario para celebrar que somos, o fuimos, cristianos. Quienes se encargan de organizar comidas y cenas se vuelven locos para satisfacer a todos y cuadrar las cuentas, los medios de comunicación ofrecen infinidad de ideas para platos suculentos y visualmente atractivos. Y mientras… en el campo todo son desgracias.
Las gallinas confinadas por el ataque de la gripe aviar, las ovejas recuperándose aún del latigazo de la lengua azul, los cerdos en cuarentena por el azote de la peste porcina africana y ahora se escuchan los gritos de alarma de nuestros vecinos franceses, que alertan de que la dermatosis nodular amenaza con matar a decenas de miles de vacas. ¿Qué está pasando? Si nos ponemos serios y cabales diremos que este modo de criar animales hacinados, medicados y estresados no provoca más que enfermedades y dolor. Si queremos ir un poquito más allá, podríamos pensar que es una maniobra a gran escala orquestada por las oscuras organizaciones que, detrás del telón, mueven los hilos de todo cuanto acontece.
Porque justo en estas fechas prenavideñas el inefable Bill Gates -que ‘casualmente’ está siempre en todos los ajos- nos viene a decir que dejemos de comer carne, que la carne caca, que las vacas producen metano, que el futuro y nuestra salud está en devorar comida artificial, elaborada con productos modificados genéticamente, como los que comercializan Impossible Foods y Beyond Meat, empresas en las que ‘casualmente’ ha invertido millones. Y, al mismo tiempo, fomenta en el tercer mundo la crianza de vacas con modificaciones para que den más y mejor leche. ¿A qué juega?