La implosión que está viviendo el PSOE a cuenta de la aparición de numerosos casos de intolerables comportamientos machistas y presuntos episodios de acoso -tanto sexual, como por razón de sexo- y hasta de posibles abusos destapan la rampante hipocresía que anidaba en muchas de las estructuras del partido socialista, que hasta este momento había ocultado la existencia de las denuncias, y no digamos ya de los rumores que durante años han involucrado a distintos cargos en esta clase de comportamientos.
Naturalmente, el entorno sanchista se defiende aventando una obviedad como la de que ninguna organización está, por desgracia, libre de estos episodios.
Sí, claro, en todas partes cuecen habas, pero lo que no acostumbra a suceder es que los casos provengan del entorno de confianza del líder supremo del partido -que, en el PSOE, lo es también del Gobierno- y que salpiquen a toda su cúpula. Eso no tiene precedentes en ninguna otra formación política, con excepción, si acaso, de Podemos, donde Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero e Íñigo Errejón -posteriormente, transfugado a Sumar- ejercían de casposos machos alfa con toda cuanta militante o simpatizante topasen, siempre, eso sí, que ellos la juzgaran de agraciado aspecto, por decirlo finamente.
Tanto en el PSOE como en la izquierda más radical han presumido de pluscuamfeminismo, asumiendo consignas propagandísticas como el famoso «soy feminista porque soy socialista» que, en boca de José Luis Ábalos, suena como una mezcla de insulto a la inteligencia y de patético y macabro chiste.
¿Quién iba a pensar que lo más machista y zafio de la política española no se escondía entre los dirigentes de la odiada derecha populista, sino entre los progres más entregados a la causa? El escudo era casi perfecto.
Quienes promulgaron la llamada ley del «sólo sí es sí» -cuyos indeseados efectos aún escandalizan a las víctimas-, los que encabezaban las manifestaciones del 8M y proferían alaridos contra todo lo que representaba la derecha en cuanto a derechos de la mujer, los más exaltados y las más combativas activistas encubrían los hechos o, en el mejor de los casos, negaban credibilidad a sus compañeras acosadas y abusadas, y ello cuando no eran los protagonistas de estos tristes episodios. La causa lo justifica todo, los magreos, los mensajes lascivos y repugnantes, las hormonadas babas de un personaje sombrío como Paco Salazar, los excesos de autoridad de algunos líderes sobre las mujeres del partido por el solo hecho de serlo, y el uso habitual de servicios de prostitución entre la cuadrilla del Peugeot, de los que el propio Ábalos, Koldo y el Tito Berni podrían escribir una tesis, y no precisamente falsa como la de su jefe.
Balears tampoco se libra de estos hechos -de momento, de un caso de presunto abuso de autoridad sobre una afiliada-, algo que deberá investigarse y que concierne al más leal lacayo de Armengol, Iago Negueruela, cuyo cuestionado liderazgo en Palma se hunde entre sospechas.
Pensaron que la sumisión de las mujeres progresistas a la causa de su exbello lider iba a ser eterna; que la férrea disciplina interna, más propia de una dictadura comunista que de un partido democrático occidental, contribuiría a una perpetua omertá. Afortunadamente, se equivocaron.