Otoño, 1966. La sala de espera de una clínica cercana al Sena. Dos mujeres de unos cincuenta años aguardan su turno. Gloria Fuertes, poeta española, ha entrado para acompañar a un amigo. A través de la puerta, observa con curiosidad distraída a la gente que pasa. «La gente corre tanto porque no sabe dónde va», susurra para sí. Siente ganas de fumar, pero se aguanta. Unica Zürn, artista alemana afincada en París, espera su turno con la mirada fija en el suelo, como si en las baldosas descubriera ventanas por las que saltar. No se hablan, ni siquiera se miran. No podrían parecer más diferentes.
Gloria, cara redonda, con su ironía desarmada, cree todavía que la poesía puede servir para algo: para sobrevivir, para decir verdades incómodas con palabras sencillas. Unica, rasgos afilados, dibujante de obsesiones y escritora de anagramas, sabe que el lenguaje es un campo minado y cada frase, una grieta posible. Sin embargo, comparten algo esencial: escriben porque no hacerlo sería peor, porque el mundo que las rodea no alcanza. Ambas han hecho de la herida un método. Cuando llaman a la alemana, la madrileña alza la vista y observa a esa mujer elegante y delgada perderse por un pasillo. Cuatro años después, Zürn se suicidará saltando por la ventana de su apartamento. Fuertes morirá en el otoño de 1998 de cáncer de pulmón.