Defiendo que la política exige coherencia. No como virtud moral, sino como condición mínima para sostener la confianza pública. Sin ella, las instituciones se vacían de credibilidad y la democracia se degrada hasta convertirse en un mero trámite. La reciente polémica lingüística en Menorca vuelve a evidenciar hasta qué punto ese principio se ha vuelto prescindible.
La controversia en el Consell insular no gira tanto en torno a un pacto concreto como a la doble vara de medir con la que se juzga. El actual gobierno del PP se sostiene gracias al voto decisivo de una única consellera de Vox, una circunstancia que la oposición socialista ha calificado de «anomalía democrática», especialmente tras el pleno en el que se aprobaron los presupuestos.
Ese voto no fue neutro. A cambio de su apoyo, se aceptaron condiciones políticas claras, entre ellas la modificación del actual decreto lingüístico. Se trató, en esencia, de una negociación con contrapartidas ideológicas, una práctica habitual en cualquier sistema parlamentario.
Lo llamativo es que el PSOE denuncie esta cesión como inadmisible cuando, a nivel estatal, el Gobierno se mantiene gracias al respaldo de formaciones independentistas que, con apenas siete votos, condicionan decisiones que afectan a millones de ciudadanos. En Menorca, el voto de una consellera se presenta como una perversión del sistema; en Madrid, siete escaños se han convertido en el eje estructural de la legislatura.
El problema no es el pacto ni la aritmética parlamentaria, sino la incoherencia del discurso. Lo que se condena cuando gobiernan otros se normaliza sin reparos cuando conviene al propio poder. Y eso no es una anomalía democrática, sino una anomalía política.
Esta lógica se reproduce con claridad en el ámbito lingüístico y simbólico. El caso del nombre de la capital menorquina es revelador. La ciudad ha sido conocida históricamente como Mahón. Así figura en documentación histórica, archivos militares, obras literarias y en uno de los productos más emblemáticos de la isla: el queso Mahón-Menorca, reconocido a nivel europeo.
No se trata de una imposición reciente ni de una anomalía cultural, sino de una realidad histórica consolidada. Pese a ello, se optó por eliminar esta forma y sustituirla exclusivamente por Maó, no como resultado de una demanda social mayoritaria, sino por decisiones políticas del PSOE y sus socios de gobierno, presentadas como técnicas o inevitables.
El ejemplo del Lazareto del puerto de Mahón es paradigmático. El edificio conserva en su fachada su denominación original, inscrita en piedra. Sin embargo, tras el traspaso de su gestión y bajo gobiernos del PSOE y Més, comenzó a denominarse Llatzeret, no como resultado de una revisión histórica, sino por una decisión política. Traducir un topónimo no es una adaptación lingüística: es una alteración del patrimonio.
Cuando la incoherencia se convierte en norma, la democracia pierde contenido, las instituciones credibilidad y gobernar deja de ser un ejercicio de responsabilidad para convertirse en pura supervivencia política.
Esta noche es Nochebuena e invita a la fraternidad, la reflexión y la esperanza. Ojalá ayude a recuperar la coherencia como base mínima no solo de la vida pública, sino también de la privada. ¡Feliz Navidad!