Siempre me ha llamado la atención el hecho mágico de que en un país de casi cincuenta millones de cabezas solamente aparezcan en las estadísticas laborales poco más de veinte. Es decir, veintiún millones de personas curran cada día para sacar adelante a sí mismas y a otros treinta millones de personas ociosas, bien porque son menores, pensionistas o amas de casa, o gente que trabaja en el mercado negro.
Si esto ya parece milagroso, no produce menos asombro lo que los economistas llaman ‘tasa de actividad’, un parámetro que mide cuánta gente en edad de trabajar está ocupada o buscando trabajo. En países que funcionan esa tasa es elevada. Suiza se lleva la palma, con un 84,2 %. En España la tasa se sitúa en el 59 %.
Casi la mitad no trabaja y tampoco quiere hacerlo. En el caso de las mujeres son el 53 %. ¿Amas de casa en pleno siglo XXI? Me extraña. ¿La mitad de las féminas se dedican a empleos sin contrato? También me extraña. Todo ese mogollón de gente, ¿de qué vive? Dicen las estadísticas que entre 20 y 65 años hay unos treinta millones de españoles, de los que solo trabajan 21.
Otros tres están en paro. ¿Y el resto? Seis millones de personas que viven del aire. ¿Ayuditas? ¿El PER andaluz y extremeño? ¿Son ricos millonarios? ¿O viven debajo de un puente? Más allá de las circunstancias personales de cada individuo, que habrá de todo, lo que llama la atención es el carácter como pueblo.
En el conjunto de la Unión Europea la tasa de actividad ronda el 75 %, superada por Suiza, Alemania, Reino Unido o Países Bajos, naciones todas ellas altamente desarrolladas. Aquí casi la mitad prefiere quedarse en el bar mirando el fútbol, jugando a las maquinitas o echándose una cerveza mañanera.