Fiesta de Navidad en la escoleta de mis nietas en Sant Climent. Entre sorbos del brou de las esforzadas mamás y ueps aquí propios de una villa que frecuenté en mi juventud como jugador de su equipo de fútbol, me llega una circular que habla de «Què és i com evitar la síndrome del nen hiperrregalat per Nadal» que como es obvio trata de llamar la atención sobre un exceso de regalos a nuestros pequeños, que puede tener implicaciones negativas, como dificultar el desarrollo de una adecuada tolerancia a la frustración. Se puede decir más extenso, pero no más claro: nuestros niños (nietas) están sobreprotegidos e «hiperregalados» y, por tanto, menos preparados y puede que inermes para la gestión de los desengaños que inevitablemente irán sufriendo a lo largo de sus vidas. Acostumbrados a tenerlo todo, en muchos casos carecerán de respuestas defensivas.
Y vuelvo a la magdalena de la abuela de Proust que últimamente saco mucho a pasear, esta vez por los regalos de Reyes, el día cumbre de todo niño que se precie. Difícil de explicar aquella sensación de hormigueo que nos invadía desde que se anunciaba a su debido tiempo (no en agosto, como ahora) que llegaban las fiestas de Navidad y Reyes (la nochevieja era simplemente un fiestorro para adultos que, para los más osados, terminaba en algún ventorro como nos cuenta Damià Borràs en nuestro libro colectivo), y empezábamos a pensar en la lista de regalos de Reyes en los que nuestros padres solían incluir unas piezas de carbón para que no olvidáramos que éramos carne de pecado y que cuidadito.
Las luces y demás parafernalia propia de las fiestas, ni siquiera las recuerdo. En tiempos de niños de la post guerra, en Navidad no había bombillas más que en su mínima expresión ya que en tiempos austeros a nadie se le hubiera ocurrido ni siquiera dejar encendida la televisión en una habitación vacía, como ocurre hoy en día. Un frugal payés con un exuberante sentido común y grandes dotes literarias como Josep Pla fue una vez invitado a Nueva York y al contemplar la ciudad profusamente iluminada preguntó:
- I tot aixó, qui ho paga?
-Usted, amigo- debió contestarle su interlocutor, algo que le trae al pairo el actual alcalde de Vigo, empeñado en una malgastadora cruzada lumínica a la que se ha apuntado el azote de inmigrantes Xavier García Albiol en Badalona…
La cabalgata de la tarde de Reyes fue mi primer mojón del camino hacia la madurez, es decir, el aterrizaje de la mosca detrás de mi oreja en el asunto de la omnipotente realeza de los magos de Oriente. No podía creer que los Reyes tuvieran el don de la ubicuidad… La segunda y definitiva caída del caballo de la credulidad fue el año en que mi hermano se disfrazó ( casi ni hizo falta) de Rey Baltasar y lo vi pasar a caballo por delante de mi casa. Sencillamente aquello de los reyes hiper magnánimos tenía que ser una aferrada, bonita, pero un engaño al fin y al cabo. Uno de tantos que jalonarían nuestras biografías.
Me vienen a la memoria algunos regalos particularmente deseados por el chico de Ses Moreres: el fuerte del Oeste con el que recrear batallas entre indios y vaqueros parapetados tras los paneles de madera; el revólver al cinto con el que demostrar que eras el más rápido en desenfundar; un remedo de oficina que había visto en el escaparate «La Valenciana» con sus sellos, cuartillas, carpetas y demás utensilios que a décadas vista no sé a qué venía, ya que nunca tuve vocación de oficinista. Ya de preadolescente me llegó una bicicleta (bixi o vélo según hablemos en idioma ciutadallenc ó maonés, ya se sabe, nuestra riqueza idiomática es inconmensurable)… ¡Ah! Y se me olvidaba un detalle significativo de aquellos tiempos de precariedades: era una bixi restaurada, de segunda mano, de marca singular («Lobo», creo recordar) y currículum ignoto.
¿RELIGIOSIDAD o atisbos del turbo consumismo agnóstico que se nos venía encima en las celebraciones navideñas del futuro? Posiblemente había un poco de ambas cosas. A mí me emocionaba la figura de Jesús en el pesebre, me gustaba la ornamentación de las iglesias y el buen rollo de la gente, todos entrañables por unos días, y hasta las consabidas películas de romanos, pero qué quieren que les diga, donde estuvieran mi fort y mi revólver y aquellos aguinaldos de tíos y abuelos…
Este año le pediré al rey Gaspar (mi preferido, nunca he sabido por qué) que no me deje regalo alguno, pero que se lleve la mala leche que encharca nuestras ciudades y sus medios de comunicación, y que impide la imprescindible conversación pública y civilizada sobre lo que nos pasa, que no es poco.