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Inteligencia artificial y mercado

| Menorca |

Quienes contemplan, con sentimientos encontrados, el futuro de una sociedad regida, moldeada por la IA, se preguntan si nos enfrentamos a un destino inexorable. La respuesta debería ser negativa, ya que la tecnología es el fruto de decisiones humanas, que no poseen la constancia de las leyes de la Naturaleza. Sin embargo, algunos invocan unas llamadas leyes del mercado, que, como el deus ex machina del teatro griego, desempeñarían, en el mundo de las relaciones humanas, un papel análogo al de la ley de la gravitación universal en la Física. Veamos de qué se trata.

Cuando, con la agricultura, surgen sociedades más complejas que el grupo familiar, nace la división del trabajo. La especialización que resulta lleva consigo la necesidad de algo que permita que parte de lo que uno produce le procure parte de lo que producen otros: el zapatero ha de entenderse con el labrador, el guerrero con el herrero y el tejedor. En nuestra parte del mundo, el instrumento creado para servir esa necesidad de intercambios es el mercado. Las relaciones de mercado se ordenan mediante normas nacidas de la experiencia de los primeros emprendedores, los comerciantes: nace la lex mercatoria de la época medieval.

Son los franciscanos italianos de los siglos XIII a XV quienes codifican las normas que ha de cumplir un buen mercado: que cualquiera pueda participar en él, que nadie se vea forzado a un trato que no desea, que los participantes hagan uso de la razón en sus tratos, y que no haya monopolios. Un momento de reflexión nos hará ver que muchos de los mercados de hoy violan alguna de esas normas, pero ésa no es la cuestión que hoy nos ocupa. Lo importante es reconocer que tanto el buen mercado descrito por los franciscanos como los del mundo real se rigen, no por leyes naturales -que podemos descubrir, pero no cambiar- sino por normas fruto de decisiones humanas, que debe ser posible cambiar si no nos parecen adecuadas.

En teoría, el mercado, instrumento central en la esfera económica en países como el nuestro, debiera estar subordinado a la esfera política, de donde surgen las leyes. En épocas recientes, sin embargo, el poder económico ha ido aumentando su influencia en la esfera política hasta adueñarse de ella en muchos casos, y la legislación se ha ido modificando para atender a los intereses del poder económico: lo vemos en el hecho de que la parte de los salarios en la renta global ha ido disminuyendo con los años.

No se trata de un movimiento lineal: un poco de perspectiva recuerda que la edad dorada del capitalismo norteamericano (finales del s. XIX a principios del XX) topó con la primera legislación antitrust que doblegó, siquiera fuese por un tiempo, el poder de los grandes monopolios. Tampoco es un fenómeno aislado: coincide con el reciente deterioro de las relaciones internacionales. En el mercado las relaciones de cooperación van cediendo protagonismo a la competencia más descarnada. En la geopolítica el derecho, lo que es justo, va cediendo el paso al uso de la fuerza, lo que se puede, como argumento en las negociaciones.

La fuerza que impulsa esos cambios, la misma que parece gobernar el desarrollo de la IA, responde a pulsiones muy profundas de la naturaleza humana, que todos sentimos en mayor o menor medida: ambición de poder y de riqueza. No se trata de caprichos que puedan desaparecer con un discurso o un sermón. Pero no son las únicas que rigen en el ser humano, y podemos recurrir a otras, que nos llevan a a cuidar de los demás y a ayudarlos, a luchar por la justicia en la medida de nuestras posibilidades, para ir cambiando, eso sí, lentamente, con astucia y también con paciencia, el curso de las cosas.

En conclusión: el mercado es creación nuestra, una herramienta, como un martillo. Un martillo igual clava un clavo que rompe un jarrón chino. La mano que lleva el mercado se está acercando peligrosamente al jarrón, pero no hay que perder la esperanza. ¡Feliz Año Nuevo!

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