En una sociedad que glorifica la productividad y la autonomía, millones de personas experimentan ansiedad creyendo que son las únicas incapaces de gestionar su vida. Sin embargo, una profesional de la psicología ha compartido un mensaje que está resonando profundamente: esa sensación de mente acelerada no indica debilidad, sino todo lo contrario.
El relato comienza con una reflexión común: observamos a quienes nos rodean y pensamos que todos pueden con su vida menos nosotros. Esta comparación constante, amplificada por las redes sociales donde solo vemos versiones editadas de la realidad, genera una sensación de aislamiento y fracaso personal que resulta profundamente injusta.
La realidad es mucho más compleja de lo que aparenta. Nadie tiene la mente tan tranquila como su apariencia exterior sugiere. Las conversaciones superficiales del día a día, esos intercambios automáticos de «¿qué tal?» y «bien», ocultan batallas internas que permanecen invisibles tanto en encuentros presenciales como en perfiles digitales cuidadosamente curados. Según explica Elisenda Rosell, psicóloga especializada en estos temas, la diferencia no radica en quién puede y quién no gestionar sus emociones, sino en quién decide mostrarlo públicamente y quién guarda sus luchas en privado. Esta distinción resulta fundamental para comprender la ansiedad desde una perspectiva más compasiva.
Cuando la mente no deja de dar vueltas, no significa que estés fallando o seas débil. Tampoco indica una falta de habilidades o conocimientos para afrontar la vida. Más bien, esta activación mental constante señala que estás sosteniendo mucho más de lo visible: responsabilidades laborales, relaciones familiares, expectativas sociales, preocupaciones económicas y un largo etcétera de cargas cotidianas.
Desmontando mitos sobre la regulación emocional
Uno de los aspectos más importantes del mensaje compartido por Rosell es la desmitificación de ciertos conceptos. Aprender a regular la ansiedad no es cuestión de fuerza de voluntad individual, de ser completamente autónomo e independiente, ni de poseer una inteligencia superior. Esta creencia errónea ha causado un daño considerable a personas que, sintiéndose incapaces de «controlarse» por sí mismas, interpretan su situación como un defecto personal. La cultura del individualismo extremo nos ha vendido la idea de que debemos ser autosuficientes emocionalmente, una expectativa tan poco realista como dañina.
La propuesta de la experta apunta en dirección opuesta: regular la ansiedad es cuestión de acompañamiento. Los seres humanos somos criaturas sociales que necesitamos vínculos, apoyo y conexión para navegar las complejidades de la existencia. Pretender gestionar solos todo nuestro mundo emocional contradice nuestra naturaleza fundamental.
El acompañamiento puede manifestarse de múltiples formas. En primer lugar, el apoyo psicológico profesional ofrece herramientas específicas y un espacio seguro para explorar patrones de pensamiento, identificar desencadenantes y desarrollar estrategias personalizadas de regulación emocional. Pero el acompañamiento no se limita al ámbito profesional. Las redes de apoyo social, ya sean amistades, familiares o grupos de personas que atraviesan experiencias similares, constituyen un recurso invaluable para gestionar la ansiedad. Compartir experiencias, sentirse comprendido y normalizar las dificultades reduce el estigma y el aislamiento.