La guerra en Sudán cumple este viernes, 9 de enero de 2026, mil días desde su inicio, marcando un hito trágico con un balance humanitario absolutamente devastador. Este conflicto ha generado la mayor crisis de desplazamiento interno del mundo, afectando a una cifra escalofriante de 12 millones de personas. La población civil, con los niños como los más vulnerables, se encuentra sometida a una violencia extrema y a condiciones de vida insostenibles, según las alarmantes advertencias a cargo de diversas organizaciones humanitarias internacionales.
Desde el estallido de las hostilidades armadas en abril de 2023, que enfrentan al Ejército de Sudán (SAF) y al grupo paramilitar Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR), la magnitud del desplazamiento ha sido vertiginosa. Una media de ocho personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares cada minuto, lo que se traduce en aproximadamente 11.000 desplazamientos diarios. Así lo ha señalado Mohamed Abdiladif, director de Save the Children en Sudán, quien ha subrayado la urgencia de la situación. A esta catástrofe se suma un drástico descenso de la financiación internacional, que se ha reducido en torno al 50 %, dejando a millones de sudaneses sin acceso a asistencia básica vital.
El conflicto, que se ha prolongado por casi tres años, tiene sus raíces en una compleja pugna por el poder y los recursos naturales, incluyendo el petróleo, y se ve exacerbado por la influencia geopolítica en la ya de por sí inestable región del Sahel. La situación actual de los equilibrios de fuerza entre las facciones beligerantes es precaria, y las perspectivas hacia una paz duradera parecen cada vez más lejanas, sumiendo al país en una espiral de violencia y desesperación que no parece tener fin a corto plazo.
Orígenes y escalada
La actual conflagración en Sudán no surgió de la nada; en cambio es el resultado de una larga y compleja historia de tensiones y luchas de poder. El conflicto armado que estalló en 2023 tiene sus raíces en la rivalidad entre el Ejército de Sudán (SAF), liderado por el general Abdel Fattah al-Burhan, y las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR), bajo el mando del general Mohamed Hamdan Dagalo, conocido como Hemedti. Ambas fuerzas habían colaborado previamente en el derrocamiento del dictador Omar al-Bashir en 2019 y en el golpe de Estado de octubre de 2021, que puso fin a la transición democrática. Sin embargo, las discrepancias sobre la integración de las FAR en el ejército regular y el control de los recursos económicos y políticos del país llevaron a una confrontación abierta. La capital, Jartum, se convirtió rápidamente en un campo de batalla, con intensos combates urbanos que han devastado infraestructuras y han tenido un impacto brutal en la población civil.
Cifras y desafíos de la peor crisis humanitaria
Los datos sobre la crisis humanitaria en Sudán son sobrecogedores y reflejan una situación de emergencia sin precedentes. Los 12 millones de personas desplazadas internamente representan una de cada cuatro personas en el país, una cifra que supera con creces cualquier otro conflicto actual. La mayoría de estos desplazados han huido de sus hogares con lo puesto, buscando refugio en campamentos improvisados o en zonas menos afectadas, donde los recursos son extremadamente limitados. La escasez de alimentos, agua potable y medicinas es crítica, y la infraestructura sanitaria ha colapsado en muchas áreas. Las organizaciones humanitarias, como Save the Children, Médicos Sin Fronteras y el Programa Mundial de Alimentos, luchan por proporcionar ayuda, pero se enfrentan a enormes desafíos logísticos, de seguridad y, fundamentalmente, de financiación. La reducción del 50 % en la ayuda internacional ha dejado a millones de personas en una situación de vulnerabilidad extrema, con un riesgo creciente de hambruna y enfermedades.
Los niños son, sin duda, las víctimas más silenciosas y vulnerables de esta guerra. Millones de ellos han visto sus vidas destrozadas, expuestos a la violencia, la desnutrición y la pérdida de sus seres queridos. La educación ha sido gravemente interrumpida, con escuelas destruidas o utilizadas como refugios, lo que condena a una generación entera a un futuro incierto. Mohamed Abdiladif, de Save the Children, ha enfatizado que «la violencia extrema a la que están sometidos los niños» es una de las mayores preocupaciones. Además, el reclutamiento forzoso de menores por parte de los grupos armados es una realidad documentada, añadiendo otra capa de horror a su sufrimiento. La protección de la infancia en Sudán es una prioridad urgente que requiere una atención y recursos internacionales inmediatos.
El conflicto en Sudán no es solo una lucha interna; está intrínsecamente ligado a intereses geopolíticos y económicos más amplios. Sudán es un país rico en recursos naturales, incluyendo petróleo, oro y tierras fértiles, lo que lo convierte en un punto estratégico para diversas potencias regionales e internacionales. La pugna por el control de estos recursos es una de las claves subyacentes del conflicto, alimentando las ambiciones de las facciones beligerantes y de sus posibles patrocinadores externos. Además, la ubicación de Sudán en la conflictiva región del Sahel le otorga una importancia estratégica. La inestabilidad en Sudán tiene el potencial de desestabilizar aún más a sus vecinos, como Chad, Etiopía y Sudán del Sur, creando un efecto dominó que podría tener consecuencias devastadoras para toda África Oriental y el Cuerno de África. La influencia de actores externos, que buscan asegurar sus propios intereses económicos y de seguridad, complica aún más cualquier intento de mediación y resolución pacífica.
Equilibrios de fuerza y perspectivas de paz
Tras mil días de combates, los equilibrios de fuerza en Sudán son complejos y cambiantes. Aunque el Ejército de Sudán mantiene el control de algunas ciudades clave y ha recibido apoyo de ciertos países, las Fuerzas de Apoyo Rápido han demostrado una notable capacidad de adaptación y expansión, controlando vastas áreas, especialmente en Darfur y partes de Jartum. La guerra se ha convertido en un conflicto de desgaste, con pocas victorias decisivas para cualquiera de las partes. Los intentos de mediación internacional, liderados por la Unión Africana, la IGAD (Autoridad Intergubernamental para el Desarrollo) y Arabia Saudí de la mano de Estados Unidos, han tenido un éxito limitado. Los acuerdos de alto el fuego han sido violados repetidamente, y la desconfianza entre los líderes de las facciones es profunda. La perspectiva de una paz duradera parece remota mientras no haya una voluntad política genuina por parte de los beligerantes para negociar de buena fe y un compromiso internacional sostenido para presionar por una solución política.
El Sahel es una vasta región semiárida que se extiende por el norte de África, desde el Océano Atlántico hasta el Mar Rojo, abarcando desde el Sáhara Occidental hasta países como Senegal, Mauritania, Malí, Burkina Faso, Níger, Nigeria, Chad, Sudán y Eritrea. Caracterizado por su clima árido y su diversidad étnica, el Sahel es una de las regiones más empobrecidas y conflictivas del mundo. Se enfrenta a desafíos como el cambio climático, la desertificación, la escasez de recursos, la pobreza extrema, la debilidad de los gobiernos y la proliferación de grupos armados, terroristas y yihadistas que reivindican su propio protagonismo en un terreno de juego convulso y cambiante. La inestabilidad en el Sahel es por tanto un caldo de cultivo para la violencia y el desplazamiento, y el conflicto en Sudán se inserta perfectamente en este contexto. La guerra sudanesa no solo agrava la crisis humanitaria regional, sino que también puede desestabilizar las frágiles fronteras y alimentar la insurgencia en los países vecinos, creando un corredor de inestabilidad que pone en guardia a la comunidad internacional.
frank morrisCuanta razón....