Iñaki Urdangarin carga en su libro Todo lo vivido: Triunfos, derrotas y aprendizajes contra el tándem que le investigó: el juez José Castro y el fiscal Pedro Horrach. Sobre el primero le reprocha que luego militara en Podemos y sobre el segundo dice que «había un fiscal con motivación de carrera». Lamenta: «Mi destino estaba más que sellado». Añade: «La justicia que yo conocí estaba contaminada, por los medios, por el clima social y por las ideologías de quienes tenían que impartirla». Llega a afirmar: «El juez, el fiscal y algunos medios formaron una liga antimonárquica cuyo principal objetivo era yo, y su visión crítica hacia la institución de la Corona marcó todo el proceso desde el primer momento».
Sobre el origen del caso acusa a Castro y a Horrach: «Cuando se cruzaron casi por casualidad con el Instituto Nóos durante la investigación a Jaume Matas, vieron en la vinculación a mi figura una oportunidad. Un caso con posibilidades de escalar a los titulares, a los debates públicos. A los libros de historia judicial de este país». El caso desató, en cualquier caso, un enconado enfrentamiento entre Horrach y Castro centrado en la imputación y el papel de la Infanta Cristina que dinamitó su relación personal y que se plasmó en duras acusaciones públicas entre ambos.
En las memorias recuerda el interrogatorio en el juzgado de Instrucción 3 de Palma. «Nadie quería escuchar. Las preguntas no iban dirigidas desentrañar la verdad. Iban a pillarme». Fue una larguísima comparecencia de dos días de la que Urdangarin no salió bien parado ni tiene buen recuerdo: «Aquel no fue un interrogatorio sobre el caso Nóos en concreto. Fue un interrogatorio sobre mi persona. Sobre quién era yo. Sobre mi catadura moral, por decirlo de alguna forma. Se escudriñó cada rincón de mi trayectoria profesional, desde que salí del deporte hasta mi última presentación en una junta de Telefónica. Se utilizaban artículos de prensa como si fueran pruebas periciales. Yo no podía creerlo», dice.
En el libro y en las entrevistas concedidas en los últimos días, Urdangarin rechaza haber cometido ningún delito pese a la condena firme a más de cinco años que cumplió y achaca su destino al ambiente que se creó en ese momento: «Había demasiado ruido mediático. Demasiado. Había una figura pública que simbolizaba una institución sobre la que poner el foco. Y había un sistema judicial que, en este caso, estaba siendo claramente incitado por el eco de los medios». Otra queja: «Todo se desfiguraba. Era como si cualquier actividad remunerada fuera, por sí sola, dudosa, simplemente por el hecho de estar yo implicado». Abunda sobre el interrogatorio: «En ocasiones, me bloqueaba por no saber responder con más precisión. Fue uno de los errores que identifiqué durante es proceso: no tener el control absoluto de todo lo que llevaba mi firma. Aún así, di todas las explicaciones que pude. Revindiqué mi inocencia con argumentos, con hechos, con documentos. Intenté demostrar que mi trabajo había sido honesto. Pero allí nadie quería entender. Nadie quería escuchar».
En el capítulo dedicado a Nóos contrapone la absolución que se produjo en torno a las actividades en la Comunitat Valenciana y la condena por Baleares. La diferencia en el juicio fue que, en el caso de Balears, se acreditó que cobró más de 400.0000 euros por trabajos que no se realizaron derivados del segundo de los foros: un observatorio sobre turismo y deporte en el que no se hizo nada. Urdangarin llamó al entonces presidente del Govern, Jaume Matas para reclamarle el pago de esas cantidades aunque, en ese momento ya se había desvinculado en teoría de Nóos. Tampoco abunda en los delitos fiscales por los que también fue cometidos.
El problema es que siempre estaba empalmado.