Xavier Revert (Palma, 1974) es el vocal de Psicologia Clínica i de la Salut del Col·legi Oficial de Psicologia de les Illes Balears. En esta entrevista, aborda cómo afrontar la fiebre consumista que se inicia en el Black Friday y conecta sin interrupción con las fiestas navideñas, en un escenario de ofertas comerciales sin fin que pueden generar frustración entre las personas que económicamente no pueden asumir esa exigencia artificial de que para ser feliz en estas fechas hay que comprar sin mesura.
¿Cómo ve este bombardeo consumista que antes se limitaba a Navidad y Reyes, y ahora se ha visto ampliado con el Black Friday?
—Efectivamente, es una época de bombardeo de estímulos que nos crea ciertas necesidades. Las empresas invierten mucho dinero en el marketing, añadiendo un sentido de la urgencia con las ofertas del Black Friday porque, supuestamente, los productos están más baratos, cuando tenemos la experiencia de rebajas sobre precios previamente hinchados. Hay campañas comerciales ligadas a épocas tradicionales, como Navidad y Reyes, pero ahora se añade un Black Friday hasta ahora ajeno a nuestra cultura, sin olvidar otras campañas más consolidadas, pero que también eran ajenas, como por ejemplo el día de San Valentín.
¿Qué frustración puede generar este bombardeo?
—Todos deberíamos hacer un pequeño ejercicio de prevención y plantearnos qué presupuesto podemos dedicar a estas campañas. Podemos tener la costumbre familiar de hacernos regalos. Pues bien, vamos a aplicar un poco de seny en función de nuestra economía: acordar y pactar qué limites ponemos a los regalos. Así también nos evitamos comparativas entre los precios de éstos. Hay que distinguir entre la compra impulsiva generada por el bombardeo publicitario y la costumbre familiar de hacerse regalos. Y hay que tener en cuenta que lo gastemos en el Black Friday nos puede hacer falta en Navidad y Reyes.
Habría que dar más valor a otras situaciones en estas fiestas, más allá de los regalos, ¿no?
—Claro. En estas fiestas hay un trasfondo cultural con unos valores que no sólo son comprar y regalar objetos, sino, sobre todo, los momentos de encuentro, compartir mesa o ver a familiares con los que hace tiempo que no coincidimos. Por otro lado, los regalos no tienen que ser necesariamente materiales. También se pueden regalar experiencias, mejor si son compartidas, lo que puede alimentar y mejorar las relaciones. Por ejemplo, un fin de semana en un hotel rural, siempre en función de las posibilidades de cada uno. Para hacer frente a la compra impulsiva hay que aplicar el sentido común. No hay que olvidar que luego llega la llamada cuesta de enero.
No debemos ligar nuestra felicidad navideña a ir cargados con bolsas de regalos, que a veces parece que nos faltan manos.
—Hay que ser conscientes de que existe esa presión comercial, pero también social. Al final, se trata de parar, reflexionar y determinar qué necesito realmente para disfrutar de la Navidad y, a partir de aquí, ajustarme al presupuesto. Es la estrategia a seguir ante la impulsividad de las compras o el riesgo de dejarme arrastrar por el marketing. Y en ese límite de presupuesto, hacer regalos pensados y sentidos. Más que ir cargados con bolsas, vayamos a buscar experiencias, lo que le puede dar a la Navidad un valor distinto, más allá de lo económico.
Como impresión, ¿ve personas realmente desbordadas por toda esta presión consumista?
—Mayoritariamente nos dejamos llevar por esta presión. También existe la presión social de que en esta época, obligatoriamente, tenemos que estar felices y contentos, cuando hay diferentes circunstancias. Por ejemplo, la pérdida reciente de un ser querido. En esos casos, no son fechas fáciles. La sociedad nos quiere conducir a un estado de felicidad que no podemos asumir por esa circunstancia. Es la imagen de la silla vacía en la comida de Navidad o la certeza de que falta alguien y no estamos todos. También hay que respetar a la gente que no tiene ningún espíritu navideño y que no vive estas fechas con una alegría especial.
En el otro extremo, las compras impulsivas y excesivas de personas con capacidad económica, con la mentalidad de que ‘lo hago porque puedo permitírmelo’.
—Las compras pueden poner en marcha nuestro mecanismo interno de recompensa. Este mecanismo se activa con la expectativa de poder tener un producto determinado. Hay que tener en cuenta que así se puede generar la impulsividad de las compras. Efectivamente, hay gente que, en base a su aprendizaje personal, tiene una cierta tendencia a regular su estado emocional a través de las compras, con un beneficio fisiológico, pero efímero. Ese mecanismo funciona indistintamente en hombres y mujeres.
El problema es cuando no tenemos esa capacidad económica y recurrimos a operaciones financieras.
—Sí, existen las trampas que las entidades financieras conocen muy bien: facilitan microcréditos o tarjetas de crédito, pero eso puede convertirse en una bola de nieve. Tenemos la necesidad o el impulso de realizar una compra y la hacemos porque podemos endeudarnos, pero el mes que viene vendrá el cargo, que tal vez tampoco podemos afrontar y volvemos a fraccionar y aplazar el pago, entrando en una espiral. Es un dato para reflexionar que haya países que se endeudan de una manera brutal y parece que no ocurre nada, pero, aun así, a nivel familiar, tenemos que aprender a gestionar nuestra capacidad de endeudamiento.
¿Un poco de sentido común también con los niños?
—Sí, y además se ha incorporado Papá Noel, que antes era un personaje conocido, pero no traía regalos. Con los niños hay que revisar de nuevo los valores, regresar a los regalos más simbólicos, no tan materiales y poner sentido común a las cantidades. Está claro que, con tantos regalos, se crea un momento muy intenso, pero luego la mayoría de ellos acaba en un rincón y pierden todo el interés. Las familias tienen que ponerse de acuerdo en los límites.
Sinnombre200€ que cotitzen en impostos aquí. És un drama total que se permeti que hi hagi empreses que no paguin impostos i que els autònoms haguem de pagar lo que no paguen ells