Baleares es la comunidad autónoma con mayor presión turística por habitante de todo el país. Con una ratio de 12,4 turistas por residente, el archipiélago multiplica por más de seis la media española (1,9:1) y se sitúa muy por delante de otros grandes destinos como Canarias (6,8:1), Cataluña (2,5:1), la Comunidad Valenciana (2,2:1), Andalucía (1,6:1) o Madrid (1,2:1), Un dato que resume la singularidad, y también la complejidad, del fenómeno turístico en las islas y que, según el director técnico de la Fundación Impulsa Balears, Antoni Riera, vuelve a situar el debate no tanto en cuántos turistas llegan, sino en cómo se gestiona un sistema que ya opera en niveles de máxima intensidad.
Este es el punto de partida del nuevo análisis presentado por Impulsa Balears con motivo de Fitur 2026, bajo el título ‘A por un nuevo abordaje del turismo en Balears’, en el que se defiende que el enfoque clásico del turismo como simple sector económico ha quedado obsoleto. La propuesta es clara: el turismo debe entenderse y gobernarse como un sistema, interconectado con el territorio, la sociedad, la vivienda, el empleo, los recursos naturales y la cultura.
El caso balear adquiere especial relevancia en un contexto internacional en el que las previsiones apuntan a un aumento sostenido de los flujos turísticos durante la próxima década. Según estas proyecciones, en las ciudades más visitadas del mundo la ratio de turistas por residente podría crecer hasta un 50%. El problema, subraya Impulsa Balears, no es la escala global del turismo, sino su concentración en pocos destinos.
En las islas, esta concentración presenta además fuertes contrastes internos: Formentera alcanza una ratio de 27,2 turistas por residente, más del doble que Eivissa (11,7:1) y muy por encima de Palma (8,2:1) o Maó (5,8:1). Una realidad que exige respuestas diferenciadas y coordinadas.
«La narrativa está cambiando», afirma Antoni Riera, director técnico de Impulsa Balears. «Estamos pasando de hablar solo de restricción a hablar de gestión y redistribución de flujos, con criterios claros y coordinación de políticas, sin renunciar a aplicar límites allí donde la concentración compromete la habitabilidad o recursos básicos como la vivienda».
Intensidad turística no equivale a desarrollo
Uno de los mensajes centrales del informe es que una alta intensidad turística no garantiza automáticamente un alto nivel de desarrollo. Los resultados más recientes del Índice de Desarrollo Turístico (IDT), que analiza 325 regiones de 45 países, muestran que algunos destinos con enormes capacidades de alojamiento y recepción de visitantes ocupan posiciones muy bajas en términos de desarrollo global.
En este ranking, Baleares se sitúa en una meritoria 11ª posición, impulsada por «fortalezas muy consolidadas» como el transporte aéreo, donde lidera el ranking, los equipamientos y servicios turísticos, los recursos naturales y la contribución socioeconómica del turismo. Sin embargo, el informe también identifica «cuellos de botella persistentes», como la limitada base de recursos no lúdicos, el escaso aprovechamiento del patrimonio cultural o un entorno empresarial poco sofisticado.
«Armonizar estas dimensiones nos permitiría superar definitivamente la ecuación ‘atraer-acoger-facturar’, que dominamos con excelencia», apunta Riera. «Se trata de crear nuevas motivaciones para viajar, redistribuir mejor los flujos sobre el territorio y vincular el turismo a nuevas estrategias de desarrollo regional, como el tránsito hacia un sistema turístico circular».
El informe concluye que el debate ya no puede plantearse en términos binarios. «La discusión que está a la altura del momento actual no es más turismo o menos turismo», resume el director técnico de Impulsa Balears, «sino cómo se orquesta y gobierna el sistema turístico para que su contribución al progreso de las islas sea estable, medible y compatible con los límites del territorio».