La figura del árbitro parece estar cada vez más denostada en el mundo del fútbol. En los grandes escenarios mundiales como la Champions League o La Liga sirven de comidilla para rellenar los principales espacios de información deportiva a base de una polémica alimentada por decisiones arbitrales que, dependiendo del sesgo de cada uno, son correctas o incorrectas. Tertulias que nacen para debatir acerca del juego y que acaban enfocando sus dardos en el único actor sobre el terreno de juego incapaz de poder marcar un gol, la acción que define el resultado de un partido.
Si hablamos de este escenario global, también es trasladable a otro local y regional. El balompié insular no está exento de polémica partido sí y partido también. Da igual que se trate de un choque de División de Honor menorquina o de un encuentro entre alevines de primer año. El colegiado también es protagonista. La polémica y el debate están bien, porque son aquello que mantiene vivo el deporte y una pasión que nos une. Pero deja de ser positiva cuando se traspasan ciertos límites como la violencia, ya sea verbal, física o de cualquier otro tipo.
Así lo siente también el colectivo arbitral menorquín, condicionado por el acentuado carácter de la doble insularidad que limita mucho sus posibilidades de expansión y crecimiento. En la actualidad, únicamente 57 árbitros forman parte del comité menorquín para cubrir todo un fin de semana llenos de partidos en categorías de formación, ya sean de fútbol 7 o fútbol 11, además de aquellos de categorías amateur, femeninos e incluso de fútbol sala. Por tanto, las caras son siempre las mismas.
Dos de los máximos referentes de este comité, Nil Cubas Torras (Maó, 1998) y Haitam Bouzrati Aarrim (Maó, 2001), ponen voz a un colectivo que reivindica su humanidad para explicar que más allá de actuar como árbitros cuando hay un balón de por medio, también son trabajadores, vecinos y amigos. Es decir, personas. Esa es la primera impresión que quiere dejar Nil, árbitro ya consolidado en Segunda RFEF, siempre que entra a un estadio, ya sea en alguno de la Isla o de Primera División, habiendo pisado Montilivi (Girona) hace unas semanas. «Solo quiero que si me ven por la calle o ya a la salida del campo de fútbol, no me miren de una forma rara. Solo que digan ‘ostras mira, es Nil’. Que me reconozcan como una persona y no como ‘el árbitro’», expresa. «Con esto no quiero decir que ahora después de los partidos, los árbitros tengan que ir a hacer una caña con los jugadores porque tampoco es eso. Simplemente que haya un ambiente de normalidad», continúa explicando.
Un legado familiar
Y es que Nil se introdujo en el mundo del arbitraje siendo un adolescente por una vocación que le transmitió su padrastro Pau Carbonell tanto a él como a su hermano Xavi. «Tanto mi hermano como yo comenzamos al mismo tiempo y sí que es cierto que, en cierto modo, era bastante lógico que lo dos acabásemos ahí», recuerda sobre su introducción al mundillo. Su madre trabajaba en la Federación encargándose de las licencias y su padrastro era el delegado del comité en Menorca. «Acababas la escuela y te tenías que quedar con alguien. Entonces iba siempre a la Federación con mis padres y ya veía ese ambiente», razona un Nil que ya había empezado a jugar a fútbol y se encontraría con el arbitraje de forma natural.
«Un día, en casa nos dijeron ‘ahora comenzamos un curso de árbitro y si queréis, podéis hacerlo’. Tanto Xavi como yo, sin ser árbitros, ya íbamos a las pruebas físicas y a las cenas que organizaban cada año. Siempre estábamos relacionándonos con ellos y era algo que, de cierta manera, tenía que pasar sí o sí», resume. «Es algo que ahora también ocurre con otros como Pau, hijo de Toni Andreu, que ha acabado siendo árbitro, o Íñigo, hijo de Antonio Gómez, que es más de lo mismo. Incluso Pedro Bermúdez en su día», añade poniendo otros ejemplos que forman el mapa arbitral histórico de la Isla.
La paga adolescente
Su vocación por el arbitraje hizo ignorar a Nil en un principio que sus actuaciones serían remuneradas económicamente, algo que le parecía impensable a su corta edad. «A los 14 o 15 años, que es la edad a la que empecé yo, tal vez puedes estar ganando unos 100 euros cada fin de semana. Cuando me metí, no sabía que cobraría y simplemente hice el curso de árbitros como quien se apunta a un grado, a un curso de inglés o cualquier otra cosa», reconoce el mahonés.
«Si tratas bien a la gente y saludas a todos con educación, reduces los riesgos; ven a alguien honrado»
«Está claro que el tema económico es un motivo por el cual mucha gente se apunta. De esta forma, si empiezas a esa edad, luego no tienes que ir pidiéndole dinero a tus padres», apunta. Nil, que al principio no se planteaba el arbitraje como una salida laboral real, ha ido escalando categorías hasta estar posicionado como uno de los mejores colegiados surgidos de la Isla. «Con el paso de los años, cuando vi que estaba mejorando y la cosa me gustaba cada vez más, además de que como todo en la vida, existe una mejora a nivel laboral y económico, pues decía ‘ostras, tal vez sí que me gustaría dedicarme a esto’», confiesa con la ambición de quien quiere ir paso a paso.
Otro de los que desconocía que podía empezar a sacarse los cuartos es Haitam Bouzrati, discípulo directo de un Nil Cubas con el que ha ido creciendo de la mano hasta acompañarlo como árbitro asistente en un partido de Segunda RFEF entre los filiales del Girona y del Barça. Adentrándose también por vocación, pero sin ninguna figura cercana que le conectara directamente con el arbitraje, Haitam vio una forma de seguir vinculado al deporte mientras estudiaba música en el Conservatorio durante su infancia. «Mis tardes las dedicaba tanto a ir al Conservatorio como a entrenar jugando a fútbol. Lo que ocurre es que cuando pasamos al campo de fútbol 11, si no ibas a entrenar los tres días, pues evidentemente no eras titular. En mi caso, muchos días me coincidían con el Conservatorio, así que en mi último año ya no iba tanto a entrenar y acabé dejando el fútbol», explica.
Pese a ello, el ahora compositor —y reciente ganador del premio de Composición Orquestal Villa— tenía ganas de seguir ligado al balompié y le llamaba la atención la figura del trencilla. Así pues, se acercó hasta la Federación para consultar información sobre el curso, pero en ese momento todavía la faltaba un año para cumplir los 16, edad mínima en aquel entonces para comenzar a ser árbitro —en la actualidad, dicho requerimiento se ha vuelto a rebajar, fijándose en los 13 años—. Matando el gusanillo durante el año de transición jugando a baloncesto, otro deporte de equipo, Haitam finalmente aprobó el examen de inscripción y descubrió que también podía empezar a ganar dinero. «No sabía ni que se cobrara. Simplemente entré pensando que era una forma diferente de entrenar y de estar en el fútbol. El árbitro es una figura imprescindible, al igual que los 22 jugadores que hay sobre el terreno de juego», explica acerca de la responsabilidad que implica su cargo.
Autoridad y disciplina
Cuando comentó en casa su idea de convertirse en árbitro, recibió un apoyo dispar. «Mi padre es superfutbolero y siempre me apoyó, pero mi madre sí que era algo más reticente. Ella comentaba ‘si vas a ir al campo y te van a decir de todo’», rememora Haitam. «Recuerdo que mi madre tan solo fue a verme un partido en mi primer año. Escuchó que me decían de todo y dijo ‘pues no pienso volver a ir’. Pero en mi caso, siempre he sido un chaval muy echado para adelante y nunca me ha dado miedo que la grada me gritara una cosa u otra. Es algo que me resulta ajeno. Hago oídos sordos y ya. Al fin y al cabo, si dejas que te afecte, te lo llevas a casa y es peor», subraya.
Sin tener esa especie de barrera de respeto desde un principio, Nil sí que recuerda aparentar estar mucho más nervioso antes de dirigir su primer partido. «Fue un Sant Lluís – Penya Ciutadella de alevines y lo marcaba todo al revés», comenta entre risas. «Parecía que no sabía pitar una falta, marcar un saque de banda… para un niño con 14 o 15 años, que te metan en medio de un campo a dirigir un partido de fútbol, es mucha responsabilidad», indica a la vez que tranquiliza. «Cuando empiezas, siempre tienes un mentor que te asesora y te acompaña. No solo para aportar consejos, sino como un punto de apoyo y necesidad para cualquier cosa que pudiera ocurrir», asevera.
Haitam es de la misma opinión que su colega y resalta la «disciplina» que adquieren los más jóvenes gracias al arbitraje. «Es una carrera de fondo que, si uno quiere acabar dedicándose a ello, requiere un trabajo constante año a año», destaca. «Hablo desde mi caso particular, pero la gente se cree que nuestro trabajo se reduce al tiempo que pasa entre que pisamos el campo y nos vamos. Detrás hay horas de entrenamiento, de estudio del reglamento y de estatutos. Incluso de visionado de mis propios partidos, analizando mis propias decisiones para poder mejorar», desgrana sobre su método de entrenamiento.
«Siempre he sido un chaval muy echado para adelante; hago oídos sordos a todo lo que me puedan gritar»
Al mismo tiempo, Nil Cubas añade que es de los que piensa que «si uno vive malas experiencias, de cierta manera también vienen dadas porque las busca». «No quiero decir que pueda estar más o menos acertado a la hora de tomar decisiones, sino en que tú debes saber gestionar el error. Tienes que interpretar un papel de seguridad, control y autoridad. Hay que ser críticos con uno mismo», resalta el natural de Maó.
Responsabilidad de los adultos
«Si tú tratas bien a la gente, saludando a los delegados, a los entrenadores y a los juegadores cuando llegas al campo, reduces el riesgo de que te puedan decir algo o tener alguna mala experiencia. Pensarán ‘vale, se ha equivocado, pero al menos es una buena persona, honrada y educada’. En este sentido, los comportamientos negativos suelen llegar de gente totalmente externa», razona Nil.
«Hay gente a la que parece que le va la vida en un partido de benjamines. Siempre pienso que no es algo que vaya en función de que me haya equivocado o no, sino simplemente porque aquella persona tal vez lo que necesite es un tratamiento para saber gestionar sus emociones. Veo a personas que te pueden insultar o amenazar en un partido y pienso ‘¿hará lo mismo ahora en su casa con sus amigos y familiares?’», se pregunta.
La justificación más fácil a todos esos insultos que se suele encontrar Nil es el pago de una entrada, simple y llanamente. Aunque realmente solo se cobre entrada para partidos de juveniles y de División de Honor. «Tú has pagado la entrada para ver un espectáculo de fútbol, no para faltar el respeto a la gente», argumenta el también atleta.
Por último, Haitam defiende que aquellos campos donde se genera un entorno más seguro para arbitrar por sus particularidades son los reservados exclusivamente para el fútbol 7: Sant Bartomeu en Ferreries y Ses Canaletes en Sant Lluís, aunque este último ya lleva años en desuso a nivel federativo. Da que pensar.