Víctor Madera formalizó también el pasado jueves en la notaría la compra de la cafetería-bar Susy de la playa de Macarella, construida en 1971, con anterioridad a todos los planes de protección territorial que ahora harían inviable la obra.
Según ha confirmado la nueva propiedad, la intención del empresario asturiano es continuar con la actividad y el personal, mejorando las instalaciones actuales y facilitando una mayor integración del negocio en su entorno.
Equilibrio territorial
Madera, que entre su quincena de propiedades en Menorca cuenta con la vecina finca de Santa Anna, pretende seguir con la tónica de sus anteriores adquisiciones en la isla, en las que, destacan las fuentes consultadas, actúa con respeto al equilibrio territorial y socioeconómico de la Isla.
La compra de Santa Anna se llevó a cabo en 2018, a través de la sociedad Encantos de Menorca, creada en un primer momento por el médico promotor para dar salida a sus operaciones inmobiliarias en la Isla.
Actualmente, la antigua casa de campo ya reformada de Santa Anna se ofrece, a través de su marca Vestige Collection, como villa de lujo, «el lugar idóneo para una escapada de ensueño para grupos de amigos o familias». Está provista de seis habitaciones dobles en suite y una piscina, rodeada de pinos, en una extensión de «210 hectáreas de naturaleza virgen a solo 15 minutos a pie de la espectacular bahía de arena blanca y aguas turquesas de Macarella».
Origen del restaurante
Precisamente, el origen del actual restaurante Susy también está ligado a la finca de Santa Anna. Allí se trasladaron a vivir en 1962 Juan Juan Amengual y Margarita Anglada, quienes en 1971 decidieron montar un chiringuito en la playa de Macarella para dar respuesta a la necesidad de las personas que en aquella época se acercaban a la cala para acampar.
Con el tiempo, toda la finca pasó a manos de la familia Juan Anglada, cuyos siete hijos, con sus respectivas parejas, se han dedicado durante estos últimos años a regentar el negocio.
El año pasado el establecimiento ubicado a pie de playa, en pleno paraje protegido de la costa sur de Ciutadella, abrió sus puertas el 7 de abril, coincidiendo con la Semana Santa, y no cerró hasta el 26 de octubre, casi siete meses después.
La vigencia del establecimiento no ha decaído en los últimos ocho años, pese a que desde 2018 ya solo se permite su acceso durante el verano en transporte público. El bus lanzadera dispuesto por el Consell insular para restringir la llegada de vehículos privados a la cala, que opera la empresa Autocares Torres, transporta a lo largo de la temporada estival a cerca de 90.000 usuarios.
Catín Torres, gerente de la compañía, anunció ayer que la idea es empezar este año las rutas con bus a las playas vírgenes de Son Saura, La Vall y Cala en Turqueta a principios de mayo, sin que se haya concretado todavía con el Consell una fecha definida para la puesta en marcha del bus a Macarella.
Este señor Madera dista mucho de ser el típico empresario hecho a sí mismo que algunos pretenden presentar. En realidad se trata de un médico formado en Estados Unidos que abrió una de las muchas clínicas privadas utilizadas para aliviar —o más bien externalizar— las listas de espera de la Sanidad pública de Madrid. Posteriormente fue captado por la banca de inversión luxemburguesa, desde donde se impulsó un proceso de concentración de clínicas y mutuas procedentes en buena parte de las antiguas cajas de ahorro desmanteladas tras la crisis financiera. A partir de esa operación se ha construido un gran grupo sanitario privado que hoy se nutre, directa o indirectamente, de la saturación deliberada de la sanidad pública. El modelo es claro: debilitar el sistema público para generar demanda hacia el privado. Pero la operación no se queda ahí. Paralelamente se está impulsando una red de establecimientos “boutique” diseñada para canalizar excedentes de saldo de grandes multinacionales mediante tarjetas premium, vouchers y vales regalo que las empresas distribuyen entre su plantilla bajo la apariencia de dietas o incentivos. En la práctica, se trata de mecanismos que permiten movilizar grandes volúmenes de gasto corporativo con una opacidad considerable. En conjunto, estamos ante un esquema que mezcla sanidad privatizada, capital financiero internacional y circuitos de consumo corporativo difícilmente transparentes.