Que la droga entra en las cárceles españolas es una realidad constatada y reconocida por todos los agentes relacionados con el universo penitenciario. Dada la legislación y los recursos disponibles para detectarla, en la actualidad se trata de una práctica imposible de abortar por completo. De los 80 centros penitenciarios repartidos por el país, apenas 25 disponen de unidad canina propia para detectar la entrada de sustancias estupefacientes que, normalmente, llegan las cárceles a través de los encuentros vis a vis, a cargo de la persona que visita al interno y transporta la droga dentro de su organismo.
En la prisión de la carretera de Sant Lluís no hay unidad canina, el único método permitido por el que se puede sorprender a quien visita a un interno con droga dentro de su cuerpo. Los visitantes pasan por el detector de metales y no pueden entrar ningún bolso ni pertenencia, pero no hay un perro adiestrado que les marque si traen droga en su organismo. En casos muy concretos, la prisión sí puede solicitar a la Guardia Civil que traiga a uno de sus animales para que revise a una visita antes de que entre.
Sin embargo, este mes los funcionarios del centro han conseguido detectar a tres internos que habían introducido droga en la cárcel. A falta del resultado del análisis de las sustancias, fueron cinco envoltorios con marihuana y otros tres, probablemente, con la misma sustancia, mientras que el tercer caso, que no se ha podido demostrar con la misma rotundidad, está pendiente de analítica.
El trabajo de observación y seguimiento del personal de la prisión permitió concretar las tres sospechas. A uno de los reclusos se le recluyó en una celda durante varias horas hasta que expulsó la droga que traía en su organismo. Otro se avino a acudir a una revisión radiológica en el hospital por los mismos indicios, quizás creyendo que no se la encontrarían, pero las placas demostraron que llevaba tres bellotas con sustancias en su organismo.
De la conducta de los internos es posible concluir que han consumido drogas, especialmente, si ese comportamiento más generalizado en uno de los módulos, se da tras una visita vis a vis. A la semana se producen entre 10 y 15 de estos encuentros íntimos, de ahí el riesgo evidente de la entrada de la droga.
«Es difícil detectarlo aunque tengamos las sospechas porque los tienes que coger en el momento en que la pasan a otros compañeros o cuando la expulsan», explica uno de los funcionarios de la prisión menorquina. Normalmente, el mismo día que el familiar del vis a vis le pasa la droga al interno durante el encuentro, este ya la suele distribuir en su módulo.
Las dificultades añadidas estriban en que para encerrar a un interno en una celda hasta que expulse la droga se necesita la aprobación médica. La prisión menorquina ha estado un año y medio sin facultativo, recuerdan los funcionarios.
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