La setmana passada vàrem poder saber què opinava el coronel maonès, Vicent Guarner Vivanco, sobre el seu company d’Acadèmia, el dictador Francisco Franco. No és que Guarner hagués escrit un article sobre Franco, sinó que vaig fer l’escrit amb retalls i opinions expressades per Guarner en cartes de curs privat. Avui sí que Guarner ens ofereix un article, hem trobat l’esborrany al fons que custodia el Pavelló de la República (Universitat de Barcelona) i la publicació al periòdic «España Nueva», Mèxic DF, 25/01/1947. En aquest cas, el nostre coronel escriu sobre com va fer-se amb el poder el que després seria cruel dictador. He trobat que, ja que recordam els cinquanta anys de la seva mort, ho farem així:
Como alcanzó el mando Franco
I. La llegada de Franco a Marruecos en 1936
La traición contra la República había sido decidida primeramente en Marruecos, por aquellos militares que, como Rolando de Tella, Solans, Juan Seguí, Sáez de Buruaga, Asensio (hermano del general republicano), Gazapo, Yagüe, etc., habían dado por escrito y solemnemente, su palabra de honor de defenderla. Estos asesinaron a Álvarez Builla, artillero y alto comisario interino y al general Romerales, y proporcionaron desde el primer momento a la rebelión treinta y cinco mil hombres bien instruidos de las mehalas, regulares y de la Legión Extranjera. Lagenheim, el agente de Hitler en Tetuan, inspirador de los sublevados, triunfaba así, en todos sus designios.
Franco, desde Canarias, aspiraba, en su ambición, a convertirse en jefe del movimiento, aunque sabía que debía estar subordinado al general Sanjurjo, quien estaba todavía en Estoril. Misteriosamente, llego a Las Palma un bimotor inglés «O. H. Rapide», pilotado por el capitán Beeb, quien había recibido dos misiones del Intelligence Service, que jugaba en aquella ocasión, como siempre y a un mismo tiempo, con diversas cartas de la baraja internacional. Una de ellas consistía inconscientemente en derribar a la confiada República Española, favoreciendo así a Hitler y al Eje. Beeb debía, además, llevar de Londres a Las Palmas al comandante Hugh B. C. Pollar, experto en armamento de Scotland Yard, a su hija Diana y a una amiga de esta, Miss Dorothy Watson y recoger allí a unos viajeros misteriosos que no eran otros que el general Franco, su primo y ayudante, Franco Salgado, y el aviador español Villalobos, para transportarlos a Casablanca.
Esos viajeros llegaron efectivamente a Tetuan, a las 7 de la misma tarde del 19 de julio y Franco, ya con ínfulas de general en jefe, lanzó por radio su primera arenga, dirigida «a las divisiones de España, fuerzas del Sahara, bases navales, guardia civil y guardia de asalto», en la que hablaba de «castigos enérgicos», cuentas severas exigibles «a los dudosos» iniciado así el tristemente famoso «caudillo» galaico todo el programa de crueldad, que había de desarrollar después, al deshacer y arruinar a su patria y a sus conciudadanos, en aras de su desmedida ambición. Según un escrito que, en 18 de marzo de 1936 firmaron varios jefes y oficiales de la guarnición de Barcelona, se había pensado inicialmente en constituir en la capital catalana, la Junta Suprema del Movimiento, para trasladarla a Madrid en cuanto fuera posible. Este absurdo documento que poseemos en el que se habla de «establecer la paz social» ante «el asalto al poder por el marxismo y el anarco-sindicalismo, capitaneado por Largo Caballero», de «expulsar de España a judíos y masones», etc., etc., es indicio de que el general Goded, jefe militar de la rebelión en el N. E. de España, aspiraba también a la suprema jefatura del movimiento.
II. Mola, rival de Franco en Navarra
Vencido y preso Goded en Barcelona, Mola, otro general ambicioso, trató a su vez desde el primer momento, de erigirse en jefe de la sublevación. Después de reunir ese general a sus elementos más fieles en la noche del 18 al 19 de julio, proclamó en Pamplona, de madrugada, la ley marcial, contando con la guardia civil, que había asesinado vilmente al jefe de aquella comandancia y con algunos aviones del inmediato aeródromo de Noaín. Mola, actuando también como general en jefe, ordenó que fueran «los jóvenes a los cuarteles y los políticos a Burgos», en tanto que los curas movilizaban en las montañas de Navarra a todos los aldeanos carlistas, viejos, hombres y niños, quienes acudieron en masa, con sus boinas rojas, a batirse «por Dios y por el rey». A las cuatro de la tarde del mismo día 19, pasó Mola revista en la plaza del Castillo de Pamplona, a tres improvisados batallones de requetés, que salieron en camiones inmediatamente para Zaragoza, cantando con ardor un encantador sentimiento de verdadera e inefable «fraternidad» española: «Acerca las alpargatas/trae boina y fusil, / me voy a matar más rojos/ que flores hay en abril».
III. La junta facciosa de Burgos
El general Batet, jefe de la división que guarnecía Burgos, había dispuesto de acuerdo con las autoridades y el director general de Seguridad, Sr. Alonso Mallol, numerosos registros en los domicilios de los oficiales sospechosos y había arrestado al general de la 11ª Brigada, González de Lara y a otros jefes, los cuales, a pesar del coronel Gistau del regimiento de San Marcial fueron liberados por la oficialidad comprometida, en tanto que el coronel Moreno i el teniente coronel Aizpuru del E.M., apresaban al propio general Batet, traicionándole villanamente, para asesinarle sin formación de causa, con su ayudante, el comandante Herrero, poco después. Sanjurjo, jefe de la rebelión, había perecido en Lisboa el día 20 de julio, como consecuencia de un sabotaje hecho a su avión y Mola que, pretendía siempre erigirse en jefe supremo, se apresuró a constituir desde el 25 del mismo mes, un comité director del titulado «glorioso movimiento, al que dio el nombre de «Junta de Defensa Nacional». Esta se hallaba presidida por el anciano, barbudo e inepto, general Cabanellas, francmasón traidor, que pocos días antes de la sublevación aseguraba todavía su fervor liberal en la logia zaragozana «Moncayo». Al lado de Mola, en aquel organismo golpista, figuraban además los generales Saliquet, Ponte y Dávila y los coroneles de Estado Mayor, Montaner y Martín Moreno. La flamante Junta, en una declaración inicial, trataba de justificar el movimiento alegando «un estado anárquico», que en modo alguno existía en España y manifestaba que muy pronto se constituiría un directorio militar en Madrid. Mola, como jefe presunto del Estado, envió a sus emisarios personales a Alemania e Italia, para asegurar las promesas que habían sido hechas previamente a los sublevados por el futuro Eje y la Junta se apresuró a comunicar su existencia a todas las potencias mundiales.
A todo esto, el día 8 de agosto, había llegado Franco a la capital andaluza y con gran indignación del absurdo e insensato general Queipo de Llano, que había conquistado Sevilla y se había transofrmado en un grotesco locutor de radio, tomó el mando de toda la zona sur. Mola, temiendo a Franco como rival y para evitar suspicacias, les agregó nominalmente a él, a Queipo y a Orgaz, alto comisario del Marruecos español a la Junta y continuó actuando como jefe del Movimiento, con ínfulas de «generalísimo». Sin ir más lejos, un discurso pronunciado en septiembre, Mola manifestaba «… Es el ejército quien debe gobernar, pues solamente él posee suficiente autoridad para mantener enlazados los elementos heterogéneos que componen España». Era secretario general de esa Junta, el coronel Montaner y existían en ella las subsecretarías de Comercio, Obra Pública, (secciones ferroviarias, de carreteras y Correos y Telégrafos), Hacienda, Justicia y un negociado de prensa regentado por aquel periodista venal y germanófilo, verdadero prototipo de la inmoralidad periodística española reaccionaria que se llamaba Juan Pujol.
IV. Franco, jefe supremo del Movimiento
En octubre de 1936, el Vaticano, por intermedio de la Compañía de Jesús, del episcopado español y de otras órdenes religiosas, había movido todos los resortes políticos, militares y financieros de dentro y fuera de España, y habría interesado en favor de Franco primeramente a Italia y luego a Alemania. Todas estas cuestiones y las rivalidades entre los generales sublevados hábilmente enfrentados dieron lugar a que el «caudillo» gallego, con su mediocridad hipócrita pseudo-devota, fuera reconocido como «Jefe Supremo del Estado Español» y se hizo asistir por una «junta técnica» compuesta por representantes de los departamentos de Justicia, Industria y Comercio, Agricultura, Trabajo, Instrucción y Obras Públicas, con una secretaría para los negocios extranjeros. Se aconsejó al «caudillo» que nombrase con el fin de quitar posibles rivalidades, a Mola, jefe del ejército del Norte; a Queipo de Llano del Sur; y a Orgaz del de Marruecos. El viejo Cabanellas fue designado como «inspector general del Ejército», título dorado, pero absolutamente inútil.
Franco estableció su cuartel general con oficiales italianos y alemanes en Salamanca; proclamó la ficticia y discutida unión de tradicionalistas y falangistas, fundando la tristemente famosa «Falange Española Tradicionalista y de las JONS»; anunció el célebre lema: «ni un solo español sin hogar y ni un solo hogar sin lumbre» y la Falange emitió sus 26 puntos que hacían entre otras cosas, de España, instantáneamente, un «imperio», «una gran potencia militar terrestre, naval y aérea»; «un instrumento totalitario (punto 6), un «estado nacional-sindicalista, anticapitalista, nacionalizador de la banca y de ciertos servicios públicos y supresión de los latifundios».
Guatemala, El Salvador, Italia y Alemania reconocieron en 1936 conjuntamente a los rebeldes. El Vaticano, más cauto, no lo hizo hasta el 28 de agosto de 1937. En 3 de junio de este año, un misterioso e inexplicable accidente de aviación, dio lugar a la muerte del general Mola, en Castel de Peones, quedando eliminado así el más temible rival de Franco para la suprema jefatura del movimiento. Yagüe, intemperante de lenguaje y despectivo con respeto a los italianos, era tenido en cuarentena, al igual que Queipo de Llano, completamente enemistado con Franco. Solchaga y Sánchez, se inclinaban hacia el carlismo; Varela hacia la monarquía y Aranda comenzaba a sentirse antifranquista. Entre todos los generales españoles y entre estos y los italianos y alemanes, comenzaron las rencillas. Y ese maquiavélico «divide y vencerás» fue lo que afianzó a Franco en el poder, y en el ejercicio de la más cruel de las tiranías, que se vio favorecida por el eje, al que hubo de apoyar ese régimen efectivamente durante la Segunda Guerra Mundial, que las ciegas democracias no querían ver por entonces.
V. Florilegio de discursos
La terrible matanza de españoles durante y después de la guerra de España quedó bendecida públicamente el día 21 de mayo de 1939 por el cardenal primado Sr Gomá, atribuyéndose este la representación del Supremo Hacedor, al bendecir a Franco en la iglesia de Santa Bárbara de Madrid, el cual había pedido en una oración que leyó entonces que dice: «la llevase con plena libertad al Imperio, para su gloria y la de la Iglesia». En el mismo día, ante 500 generales, jefes y oficiales, en el Banco de España, volvió a hablar el caudillo del «futuro imperio» que indudablemente esperaba obtener en colaboración con Italia y Alemania y de «derribar el espíritu de la enciclopedia mediante una verdadera revolución nacional». Hoy (1947) Franco, condenado por todas las naciones del mundo, excepto contadísimas excepciones de regímenes dictatoriales, no se atreve ya a hablar del «imperio» y trata de borrar por todos los medios sus imprudentes discursos pasados, de simpatías hacia el Eje. Ante los cadetes de Zaragoza el 16 de diciembre último, se condolió de la victoria aliada en la última guerra «que había sido una maldición para muchos»; habló de la «hipocresía y de la mala fe, como moneda corriente», olvidando que esa era precisamente la norma internacionalmente también suya como de Hitler y Mussolini sus amigos y aliados, y trato de la «caballerosidad, buena fe y lealtad a lo pactado que eran hoy como letra muerta», sin recordar que así lo habían sido efectivamente, para él y para los que con él se sublevaron en 1936. En su radiodifusión de primeros de año, escrita indudablemente por su confesor, cifró el «caudillo» en cien mil personas las que fueron obligadas a asistir en Madrid al «acto de unidad» del 9 de diciembre último y habló del «ateísmo, del materialismo y de la igualdad, libertad y justicia de Cristo» que, según él, se aplican sobre España; así como de «la caballerosidad, nobleza y claridad de pensamiento» que él por lo visto practica, quejándose de «los odios que le persiguen a él y a la Iglesia». No cabe pues, mayor tartufismo ni hipocresía más refinada, que la reflejada por el «generalísimo» en esos discursos. Y de aquel flamante programa de falange antes citado, lo que queda de él hoy en España donde aparte de un millón y medio de privilegiados -militares, burócratas, latifundistas, financieros e industriales-, los demás viven sometidos al hambre, al mercado negro, a la ruina y a la inmoralidad más abyecta».
... sin tan siquiera haber empezado a leer el artículo, uno ya se fija en el "detalle" del omnipresente crucifijo en la esquina superior derecha de la foto que encabeza lo presente, y ya... no falla, en el texto se repiten una y otra vez lo que no por ser un tópico deja de ser una flagrante obviedad, y es que el alzamiento -léase asonada militar, instauración de un régimen dictatorial con todo lo que comporta- fue co-instigado, llevado en volandas y bendecido por la iglesia y el Vaticano... no hay más preguntas, señoría...